Necesitamos un mayo del 68
- 1 mar 2017
- 9 Min. de lectura
Todos somos víctimas y victimarios porque vivimos en la misma sociedad que forma en valores a los votantes, y la provee de sus gobernantes.
Sin ser sabio, el intelectual es un agudo crítico que no se refugia en instituciones, palabras, y menos en fábricas de ideologías de los partidos políticos. Por el contrario crea, expone y acepta todo discurrir dialéctico sin importar la tolda política, doctrinaria e intelectual de donde provenga. Es agente de cambio y catalizador en tiempos de crisis. Su guía es la inquietud, la imparcialidad, la rectitud e independencia en el análisis de nuevas tesis e ideologías que surgen como contrapeso en el decadente declinar de los valores de la sociedad. Su rol aunque discreto es esencial para la sociedad en su dinámica existencial. Es fijador de ideas, facilitador de cambios y propagador de ellos cuando se convence del beneficio que aporta a la sociedad.
Son muchos los políticos que han introducido cambios profundos en la sociedad colombiana en beneficio de los poderosos, y a la vez en detrimento de los derechos del ciudadano de a pie. Son muy pocos los intelectuales colombianos que han aportado verdaderamente a la sociedad en su conjunto. Nuestra sociedad no se ha distinguido particularmente por el surgimiento de personalidades con verdadera vocación intelectual. El intelectual sin ser científico, dirigente ni ideólogo, debe ser aquél que toma distancia en el acontecer histórico para comprender la diversidad, pensar con independencia sin estar de lado ni en contra del poder, y además ser actor social que trabaje en favor de los oprimidos y los dominados, y aporte desde su perspectiva el análisis y la defensa de tesis que redunden en el bienestar de los más vulnerables.
Históricamente han sido los partidos y no los intelectuales quienes desde las instituciones democráticas han pensado el país en términos ideológicos con marcado tinte político. Las leyes y normas se crean tradicionalmente anteponiendo el interés de un pequeño grupo al bien común. Solo unos pocos tienen acceso a educación con calidad, lo cual impide a la ciudadanía el rigor intelectual necesario para contrastar aquello que los medios despliegan. Las escuelas públicas no hacen diferencia con las demás instituciones educativas; su papel es un paliativo para que la población más vulnerable no caiga en la tragedia del analfabetismo. No va más allá, no avanza ni siembra la semilla de la auto creación como ser humano. Tampoco estimula el avance cultural. De ese estéril esfuerzo solo queda la fuerza represiva del gobierno y un vago interés por la educación que en Colombia además de ser de mala calidad, su pedagogía es distorsionada y su cobertura deficiente. Todo ello difícil de contrastar debido a que en el país las cifras además de ser manipuladas, no salen a la luz pública. Los estamentos de gobierno dejan todo en manos de Google; el problema es que este nuevo cibernavegante no recibe información de calidad de parte ni del gobierno ni de Internet. Ambos juegan con la ignorancia y las ilusiones de un ciudadano caído en desgracia por el abandono y la falta de ética de quienes los dirigen y gobiernan.
La ignorancia produce parálisis, y no se es feliz cuando se está inactivo, cuando le grita a uno el jefe ni cuando es la frustración quien invade las almas al ver la situación de un país con enormes posibilidades de ser una potencia intelectual. Se es feliz cuando no se está en el caos, cuando en las leyes y en las relaciones humanas se ve la señal de una voluntad del gobierno de ampliar y hacer la sociedad más creadora y acogedora. La protesta a la ineficiencia del Estado ha quedado en cantinelas y canciones mal llamadas protesta; en mensajes de redes sociales, y marchas callejeras que poco o nada han influido para cambiar el statu quo.
La intelectualidad colombiana puede contarse con los dedos de una mano: Jorge Orlando Melo, Gonzalo Sánchez, Alicia Reichel Dussán, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña, María Teresa Uribe, Guillermo Hoyos (fallecido en 2013), Jaime Jaramillo Uribe (fallecido en 2015), el colombo-español Jesús Martín Barbero, Álvaro Camacho Guizado (fallecido en 2011), Eduardo Posada Carbó, Francisco Leal Buitrago, Eduardo Sarmiento y Salomón Kalmanovitz. Melo y Kalmanovitz, ambos estudiosos e intelectuales de profundidades oceánicas, no aparecen en redes sociales ni tienen programas en radio. Tampoco son figurines del grotesco y decadente espectáculo televisivo. La razón es obvia: su intelecto está al servicio de su país, no persiguen favoritismos. Su pensamiento no ha sido escriturado a ningún amo ni se arrodillan a las exigencias de partido político alguno. Su retórica no es combativa, no suscitan fogosos debates; pero su discurrir dialéctico, la profundidad y el dominio argumental plenamente documentado de sus tesis es de tal contundencia, que además de aburrir al respetable, lo deja en babia.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Francia comienza a vivir la reconstrucción del país. Con un sistema imperialista aún vigente, la década de los 60, se había convertido en una época de prosperidad económica. Eso era lo que parecía, pero la realidad era otra; una grave crisis se cernía y los primeros síntomas estaban comenzando a percibirse. Poco a poco, cada vez se iba incrementando más peligrosamente el número de personas sin empleo y una vez más, serían los jóvenes el estrato social más afectado. Por primera vez se crea una Agencia Nacional de Empleo, con el fin de cubrir las pocas vacantes que se producían. El sector industrial comenzaba a resentirse en todo su amplio término, sobre todo en lo concerniente a la minería, un sector en huelga y con un futuro demasiado incierto. El número de personas en situación de pobreza se incrementaba. Personas que solo percibían el subsidio de desempleo y que no se sentían incluidos dentro de una sociedad que les había dejado de lado. Con la caída de empleo, se produjo la bajada de sueldos y la precarización de las condiciones de trabajo. Como consecuencia de todo esto comienzan a proliferar zonas de exclusión formadas por poblados chabolistas llamados bidonvilles.
A comienzos de 1968, a pesar de la asignación de sustanciales partidas presupuestales para el Ministerio de Educación, surgió una creciente inquietud entre los estudiantes franceses, quienes criticaban la incapacidad del anticuado sistema universitario para dar salida al mundo laboral a un número, cada vez más elevado, de licenciados. Al mismo tiempo, diversos grupúsculos inspirados por las ideologías anarquista, trotskista y maoísta, manifestaron su oposición a la sociedad capitalista y al consumismo. Estudiantes de sociología de la Universidad de Nanterre, próxima a París, fueron particularmente activos y proclamaron que la universidad debía convertirse en el centro de la revolución contra el capitalismo; su ocupación del campus provocó la clausura de la universidad a finales de abril, por lo que decidieron reunirse en la Sorbona. Al temer violentos enfrentamientos entre grupos de derecha e izquierda, se pidió la intervención de la policía, violando así la autonomía gubernativa de la universidad y su condición de lugar donde puede exponerse con total libertad cualquier expresión. A consecuencia de todo ello, los sindicatos de estudiantes y profesores convocaron una huelga general. Después de una semana en la que las manifestaciones estudiantiles fueron duramente reprimidas por la policía, los sindicatos obreros convocaron una huelga general para el 13 de mayo. Nueve millones de trabajadores respondieron a este llamamiento. Charles de Gaulle y su primer ministro Georges Pompidou vacilaron entre una postura conciliadora y la represión. El 30 de mayo, miles de personas ocuparon los Campos Elíseos en apoyo de De Gaulle, manifestando que habían sufrido ya suficiente chienlit (vocablo creado por De Gaulle, que significa de forma peyorativa "desorden"). Ese mismo día, De Gaulle proclamó su intención de permanecer en el poder y de disolver la Asamblea Nacional francesa. Las elecciones, celebradas en junio, fueron un triunfo para De Gaulle. Ese mismo año se firmaron los Acuerdos de Grenelle y los sindicatos negociaron un incremento del salario medio del 12%. De Gaulle estaba convencido de la necesidad de una reforma en la sociedad francesa y defendió la aplicación del concepto de participation (reparto de los beneficios). Decidido reforzar su poder, propuso un referéndum nacional sobre la regionalización y la reforma del Senado, aunque en el fondo era una aprobación popular a su política. Sus propuestas fueron rechazadas y el 28 de abril de 1969 dimitió. El movimiento de mayo de 1968 en Francia fue una manifestación en contra del régimen gaullista. No constituyó el repudio a la política como tal, sino más bien el rechazo a un estilo tecnocrático de gobierno. El término tecnocracia significa literalmente "gobierno de los técnicos" (ingenieros, matemáticos, científicos); identificado su postura con el uso del método científico para resolver los problemas de la política. En el 68, Sartre fue uno de los protagonistas capitales, siendo su palabra escuchada con devoción por estudiantes y obreros en calles y plazas, y sus escritos devorados con fruición. No obstante, y a pesar de su repercusión mundial, este movimiento de protesta fue rotulado como "la revolución traicionada". Como toda revolución, cundió el ejemplo y en muchos países fue imitada, con lo que el "mayo francés" fue considerado como un punto de partida.
La revuelta cambió la universidad; los estudiantes y el profesorado progresista se adueñaron prácticamente de ella. En las fábricas, los trabajadores obtuvieron ciertas mejoras salariales y de condiciones de trabajo, y los sindicatos, un aumento de su influencia. El Estado mejoró las prestaciones sociales, por vía del tan mentado Estado de bienestar. Hubo cambios en China y Europa oriental que, con los de la Unión Soviética, dejaron más gente en el socialismo que en el capitalismo, y una crisis que Francia intentó impedir con el recrudecimiento de las guerras en Indochina y Argelia y en la que el pueblo francés confirmó la perversidad de sus gobernantes. El derrocamiento de la sangrienta dictadura de Fulgencio Batista en Cuba, además de los presagios de victoria del heroico pueblo de Vietnam sobre los invasores norteamericanos. También conmocionaron al mundo de la izquierda cambios en Checoslovaquia a partir de enero de ese año, aplastados por las tropas del Pacto de Varsovia bajo las órdenes del Kremlin, acto que apoyó Fidel Castro y que le dio fin a la unanimidad con que contaba dentro de la izquierda. Otro hecho de relevancia fue la acusación de Mao Zedong a los jefes soviéticos de traicionar los postulados revolucionarios y convertir a la URSS en una potencia socialimperialista. El movimiento francés se discutía en los salones y en los patios de las universidades, en los cafés, los andenes y las barricadas, a todas las horas y sobre lo divino y lo humano, en un afán por entender las cosas y tratar de cambiarlas.
Esta protesta se sintió poco en Colombia donde operaban ya tres grupos guerrilleros y el sacrificio de Camilo Torres inspiraba a jóvenes revolucionarios. Desde La Habana, con su gran influencia, se alentaba y respaldaba la lucha armada. Moscú era generoso con cualquiera que le ayudara en su disputa con Washington por el control del mundo, y Regis Debray, el francés más influyente en América Latina publicó revolución en la revolución, libro en el que, malinterpretando lo que había ocurrido en Cuba, planteó la teoría del foco guerrillero, donde postuló que la experiencia de la revolución cubana demostraba que "no siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución", ya que un pequeño foco que iniciara acciones típicas de la guerra de guerrillas podría lograr con relativa rapidez que la revolución se extendiera, obteniendo así el levantamiento de las masas y el derrocamiento del régimen.
Fue difícil defender la idea de que la lucha armada contribuía a la transformación democrática. El país vivía el Frente Nacional, una dictadura constitucional que nutrió a los corruptos y quitó derechos políticos a quienes no militaban en los dos partidos responsables del atraso y la pobreza nacionales. En este ambiente, se incubó el movimiento estudiantil de 1971, lo más parecido en Colombia a las jornadas de mayo en Francia. A lo largo de ese año y parte de 1972, los universitarios libraron la lucha más masiva y prolongada de su historia. Como ocurrió con el mayo francés en todo el mundo, la influencia de lo ocurrido en 1971 sigue viva en Colombia. Estudiantes y profesores mantienen la exigencia de la adecuada financiación de la educación pública, para que pueda llegarle a la totalidad de los colombianos que, además de ser de baja calidad, debilita la capacidad de aportar al progreso del país. Siguen los jóvenes dando ejemplo de movilización por la soberanía y la democracia, confirmando el carácter civil de su resistencia. Son ellos como grupo social los más organizados y proclives a emprender una empresa revolucionaria en Colombia.
Deberían ser ellos; Kalmanovitz, Melo y los demás intelectuales sin complejo de superioridad que habitan y sufren este maltrecho país, los que encendan la mecha de una revolución trascendental y pacífica que subvierta los valores de una sociedad que raya en el absurdo y la insensatez. El cansancio es generalizado, pero nuestras carencias como sociedad son muchas; ello nos paraliza. Ojalá tengamos no el temple, la sagacidad, o el brío del pueblo francés demostrado en ese mayo memorable del 68. Decía Sartre "la existencia humana consiste en libertad y la libertad encuentra su expresión más perfecta en el proyecto". Después de millones de muertos y desaparecidos, creo en el derecho a trabajar por un cambio en la sociedad de las próximas generaciones. Merecemos un mundo mejor. Aspiro a que como proyecto coincidamos únicamente en dos cosas: que es necesario crear una nueva sociedad, pero sobre todo que seamos capaces de organizar una revolución.


Comentarios