La globalización de la miseria humana
- 9 jul 2014
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La existencia humana o “el mundo de la vida” como lo define Jürgen Habermas se compone de una enorme cantidad de fuerzas que se debaten entre la realidad y la ficción: creencias; principios; normas y valores, así como la totalidad de constructos humanos hacen que gran parte de esa experiencia vital, se mezclen en un enorme caldero, que con el pasar de los años, dan forma a nuestra estructura filosófica y mental.
La vida como un todo experiencial nos provee en la existencia práctica de toda la información que utilizaremos para la construcción de conocimiento, y si todo sale bien, esa vida contribuye a convertir ese conocimiento en un estado supremo llamado sabiduría. Suena fácil, pero en la práctica es una obra colosal que solo muy pocos logran. El gran reto de la evolución humana está más en lo filosófico y espiritual que en lo biológico y evolutivo.
Durante nuestra existencia, la vida -llámese personas, empresas, momentos, circunstancias, hechos históricos o acontecimientos cotidianos o extraordinarios-, nos cuenta cuentos: así por ejemplo al crecer vamos construyendo cuentos prácticos como por ejemplo el de actuar siempre con total honestidad; el de no inmiscuirnos en asuntos ajenos, el de respetar a las mujeres, o el de trabajar con total dedicación amando siempre lo que hagamos. Estos y otros principios y valores -algunos también convertidos en paradigmas-, hacen que nuestra cotidianidad funcione bajo principios normas o leyes que rigen la conducta humana.
Me referiré a un cuento en paticular, la globalización: término que se va volviendo cotidiano con el tiempo, pero que por múltiples razones ambiguo y de difícil comprensión. Una buena definición del término globalización es la que nos ofrece wikipedia: es “un proceso económico, tecnológico, social y cultural a escala planetaria que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países del mundo uniendo sus mercados, sociedades y culturas, a través de una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas que les dan un carácter global”. Definición bastante amplia y exacta porque destaca elementos de acción autonómica (anarquía) y heteronómica (dominación), por medio de un espacio de intercambio, y su consecuente transformación cultural. Es decir, que todas las sociedades gracias a ese interjuego económico y social nos ha trasformado de tal manera que nos estamos pareciendo todos en algo. Nos gustan los mismos equipos electrónicos; las mismas películas y la misma comida rápida. Estamos perdiendo autenticidad y con ella nuestra identidad. Perdemos nuestros principios y valores, y al final, nuestra manera de ver el mundo y al otro.
Pero si bien el término nos hacía creer en un beneficio para todos, la globalización es en realidad una pesadilla; una amenaza que se traduce en pánico generalizado. La globalización (FMI, Banco Mundial, etc.), dice sutilmente a los países que si se portan mal, las empresas migrarán a otros lugares donde las condiciones sean más favorables al capitalismo. Portarse mal significa defender la naturaleza o lo que quede de ella; reconocer el derecho de formar sindicatos, exigir el respeto a las normas internacionales y leyes locales, o elevar el salario mínimo.
La globalización como principio inevitable de evolución capitalista nos ha hecho creer que el aumento de la productividad operado por la revolución tecnológica no sólo no se traduce en una evolución proporcional de los salarios, sino que ni siquiera disminuye los horarios de trabajo en los países de más alta tecnología. En los países más desarrollados del mundo, las encuestas indican que el trabajo es la principal fuente de estrés. En Japón el karoshi, el exceso de trabajo, mata a más de diez mil personas por año.
La globalización en la práctica genera miedo: uno de ellos es el miedo al desempleo. La jornada de ocho horas ya no se practica con la ética que lo hacían empleados de generaciones pasadas; actualmente un empleado medio puede trabajar más de 60 horas a la semana, incluidos domingos y festivos, y gracias a la reforma laboral impulsada por el ex presidente Uribe, hoy las personas no reciben compensación salarial por trabajar horas extras; es decir que la gente trabaja más por lo mismo, que es lo mismo que decir que trabajan más por menos. Ni qué decir de prestaciones sociales, primas extralegales, o regalos a empleados. Lo que antes fue una conquista sindical, hoy es una quimera. Prima de navidad?, bonos por productividad? Todo esto no es más que un recuerdo para las generaciones de trabajadores más jóvenes. La amenaza se cierne sobre todos. Bien lo dice Sartre: “un equipo es un grupo de personas cobijadas por el mismo miedo”.
En el mundo globalizado la situación no es mejor: los asiáticos trabajan veinte horas al día por menos de ochenta dólares al mes. Si quiero competir, tengo que recurrir a ellos -dice un director de empresa-. Es el mundo globalizado. Las chicas filipinas, en nuestras oficinas en Hong Kong, están siempre dispuestas. No hay sábados ni domingos. Si se tienen que quedar varios días de corrido sin dormir, lo hacen, y no cobran horas extras ni piden nunca nada.
Son numerosas las industrias que emigran a los países pobres, en busca de brazos, que los hay baratísimos y en abundancia. Los gobiernos de esos países como Colombia dan la bienvenida a las nuevas fuentes de trabajo, que en bandeja de plata traen los portadores del progreso.
El precio de una camiseta con la imagen de la princesa Pocahontas, vendida por Disney, equivale al salario de una semana del obrero que ha cosido esa camiseta en Haití, a un ritmo de 375 camisetas por hora. Haití fue el primer país en el mundo que abolió la esclavitud; y dos siglos después de aquella hazaña, el país padece la esclavitud asalariada.
La cadena McDonald’s regala juguetes a los niños. Esos juguetes se fabrican en Vietnam, donde las obreras trabajan diez horas seguidas, por míseros ochenta centavos. Vietnam había derrotado la invasión militar de los Estados Unidos; y muchos años después de aquella hazaña, el país padece la humillación globalizada.
En 1995, la cadena de tiendas GAP vendía en Estados Unidos camisas “made in” El Salvador. Por cada camisa vendida a veinte dólares, las obreras recibían 18 centavos por romperse el lomo más de catorce horas al día en talleres infernales.
Esos son los cuentos de la vida. Son los cuentos que nos cuentan quienes nos creen inocentes, son los cuentos que exigen una gran dosis de reflexión, de análisis; y un esfuerzo enorme para poner en tela de juicio nuestros paradigmas.


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