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Lecciones de vida (II)

  • 16 ene 2017
  • 3 Min. de lectura

Admiro las personas con actitud positiva. Hacen su mayor esfuerzo por eludir la crudeza de su realidad bailando una sutil danza con la ilusión inocente del niño que vive el presente; del joven que sueña con el futuro, o la del viejo que también escapado de su realidad vive del recuerdo. Admiro su agilidad en reptiliana habilidad para hacer el <<quite>> al lado oscuro de la vida; la cruel verdad.

El hombre moderno ha desarrollado un sutil mecanismo de defensa creado por la cultura del consumo, la falsedad de lo aparente y la neo estética de la impostación, de la banalidad insulsa y superficial. Impulsado por el miedo; su infantil inocencia le sirve de anestesia para envolverse en una nube de placer que lo sumerge en un océano de mermelada. Es como vivir en una incubadora; la experiencia uterina de retorno al huevo.

Así como el rico se acobarda ante las incertidumbres económicas; el intelectual lo hace ante la mentira. Ambos sufren intensamente tragedias distintas; uno busca acrecentar sus rentas, el otro la sindéresis, la capacidad de análisis y la expresión de la realidad humana. Aquel ahoga sus parafilias en la banalidad de los objetos, este por el contrario sin nada que cuidar, se obsesiona por su interioridad, por el <<ser>>. Ambos sufren y añoran algo del otro.

Dice Jean Francois Revel: <<La mentira es la primera fuerza que mueve al mundo>>, sin embrago muy pocos lo notan, y quienes lo hacen se incomodan con ella; les es molesta, la evitan a toda cosa o la ignoran evadiendo así la incomodidad de cuestionar el mundo y sus demonios. Las mentiras son las verdades de los débiles, ellas los gobiernan y dirigen sus vidas. Quien ignora una mentira, ignora la principal actividad de un ser humano y es la comprensión racional del mundo, su interpretación y lo que subyace de él. Es la entropía del universo que tiende a distorsionar, a no permitir ver la realidad y crear los misterios que por años hemos tratado de resolver acudiendo a los más variados dioses del repertorio cultural. Cuando esos dioses no ayudan a resolver el conflicto intelectual, acudimos a métodos más terrenos como la ciencia, aun a sabiendas de que ello tampoco será garantía para develar el enigma. Si bien evadir la mentira es posible, hacerlo regular y sistemático demanda, repito, un enorme esfuerzo intelectual; ¿por qué? porque ella se mimetiza en toda actividad humana: políticos, músicos, pintores, escultores, empresarios y periodistas de la más variada condición, basan su actividad en la especulación, la subjetividad, la ligereza de análisis, y la laxitud del ciudadano al momento de recibir cualquier impresión política o cultural. La mezcla explosiva de ignorancia, falta de rigor al contrastar la información, y el irrefrenable apetito de pensar con el deseo, le impide llegar a las últimas consecuencias del pensamiento. Llegar a una verdad toma tiempo, y eso es lo que menos tenemos en el mundo de fantásticas velocidades para lo inútil, lo banal, lo superfluo. Nos ocupa la tecnología del ocio y la distracción pertinaz en un mundo donde se chocan la realidad y la virtualidad.

Quien viva en este mundo tendrá dos posibilidades, a saber: Asumir e interpretar la realidad con las consecuencias que sufren los misántropos, los insociables, los anacoretas y los relegados; o vivir en desconexión con el mundo que lo rodea en fantástica simbiosis entre sueños, ilusiones y la distorsión psicodélica de una realidad construida y manipulada por la cucaña o el nefasto liberalismo económico. Habrá que tomar una decisión durante la existencia humana; una de las más difíciles por cierto. Eso sí: quien opte por descubrir la verdad de todo esto, no podrá detenerse ni tendrá vuelta atrás. Quien conoce los artilugios y engañifas de virtuales protagonistas del cambio, no podrá volver a la infantil inocencia de ignorarlo todo. Una vez mordido el polvo, ha envenenado su alma, y tendrá que lidiar con este dulce amargo durante toda su existencia; es el costo de vivir sin vendajes, sin telones ni mamparas que se interpongan entre lo real y lo perceptible, pero su gratitud y recompensa es en esencia el cumplimiento del precepto fundamental de la existencia humana: morir sin engaños.

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