Lecciones de vida (I)
- 8 ene 2017
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Nos anima un espíritu de victoria. La victoria nos permite hacer; y hacer da poder; es la cristalización del éxito. Hacen los que ganan, los exitosos; los poderosos, los que desean voluntaria o involuntariamente cambiar el mundo, su entorno o la sociedad.
Toda interacción humana crea una relación de poder que nos obsesiona porque nos da la libertad que tanto anhelamos. Argüimos en intercambio dialéctico para tener la razón, que es otra forma de poder; con ella sometemos al otro en el campo intelectual, obteniendo así credibilidad, autoridad o reconocimiento para su manipulación.
El poder en pequeñas dosis nos estimulan a saber, conocer, avanzar y dominar a otros. En grandes dosis nos hace perder el sentido de la razón y la proporcionalidad; se transgreden las leyes de convivencia y el respeto, y perturba la subjetividad humana. Nos engrandece y a la vez nos envilece, y cierra toda posibilidad al entendimiento; pone el deseo en la subjetividad y trastoca toda medición valórica de la razón humana.
Las modalidades instrumentales del poder (las armas, el discurso, las disparidades económicas, los mecanismos de control, los sistemas de vigilancia...), son ejercidas por la sociedad utilizando la técnica disciplinaria bajo formas de poder represivo o de anatomía política, que se caracteriza por ser una tecnología individualizante del poder, basada en escrutar su comportamiento y su cuerpo con el fin de hacerlo dócil y fragmentado en relación con los demás. Todo progreso técnico -según Foucault-, apunta a la dominación del ciudadano; inclusive los descubrimientos médicos y científicos. La telefonía celular, los chips de implante sub cutáneos y otros dispositivos de geo localización, se promueven aparentemente para incrementar la seguridad o la productividad del ciudadano, pero en últimas es la dominación la que hace presencia en estas materias. Cómo?; conociendo la ubicación exacta, o disponiendo del tiempo al comunicarse, se coarta la libertad.
Pero, qué pasa cuando nos sentimos perdedores en esa relación de poder?; qué opera en nosotros cuando sabemos que no tenemos la razón, que no nos es posible dominar nada ni a nadie?, qué nos enseña la vida cuando reconocemos el poder de la razón en otros?
A veces es más interesante no tener la razón, decía Borges. Tener razón es ubicarse en la zona de confort que nos ofrece el subjetivismo personal. Resolvemos el misterio acudiendo a la razón y nos encadenamos a ella si nos satisface. A veces nos paraliza, nos engaña y nos hace creer que vamos dominando los diferentes saberes de la vida, pero la razón es un anhelo buscado instintivamente; nos obliga a buscar nuevas maneras de entendernos y entender a los demás. Un comentario fuera de nuestra lógica basta para echar por tierra nuestro entendimiento y dislocar nuestro edificio intelectual; todo se derrumba para dar paso a la duda que tanto nos incomoda.
La razón perdida, la lógica desposeída, el entendimiento corto y la falta de sindéresis nos impide ver la vida desde la acera de enfrente; de pensar en la posibilidad de encajar las piezas de manera diferente para enriquecer la realidad caleidoscópica que nuestro entendimiento intenta descifrar. Los modelos apropiados durante nuestra existencia se ajustan con rigor a la ignorancia; a nuestra propia equivocación. Nuestra mente, poderosa como ninguna se deja influenciar por la ilusión acomodaticia, la comodidad perezosa, y el ahorro energético sistemático evitando así la angustia de pensar, escrutar y contrastar la realidad al ser ignorada o evadida.
Bienvenida pues la pluralidad, la discordia, la diferencia. Ella nos mueve, nos enriquece, nos complementa y nos hace crecer en medio del dolor de la duda, del desarraigo lógico y la vacuidad de la ignorancia.


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