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Nuevos estándares identitarios de la sociedad contemporánea

  • 1 ene 2017
  • 5 min de lectura

El concepto de igualdad se emplea para aludir uno de los aspectos más degradantes de nuestra cultura: la uniformidad, que significa la pérdida de la indi­vidualidad.

En la antigüedad los pueblos se distinguían por su impronta cultural. Los griegos por ejemplo tenían su manera particular de ver el mundo, clasificarlo, identificarse con él, expresarlo o reproducirlo. Su arte literario, filosófico y musical nos dejó un legado incalculable en la construcción del corpus artístico y cultural occidental. El alfabeto que nominó los objetos del mundo visible, sensible y perceptible dio génesis a diversos dialectos y lenguajes que se esparcieron como semillas al viento durante las conquistas de mundo antiguo; el comercio, principalmente marítimo, abrió las puertas al desarrollo de la astronomía como ciencia y el perfeccionamiento en la construcción de naves capaces de surcar los mares del micro cosmos planetario; el arte que nos muestra con increíble belleza su visión del mundo y la manera detallada y compleja de representarlo. Su religión -politeísta- caracterizada por dar a los dioses formas humanas, inmortales y de perfecta belleza, actuaban al calor de las pasiones que han puesto al hombre al filo de la navaja entre las perversidades del alma y los "pecados" del corazón que tres mil quinientos años después Freud interpretó como la triada yoica donde instintos y pasiones se debaten en poderoso conflicto pretendiendo ser modificados por ambigua y etérea cultura.

El romano a su vez pasó de ser un imperio donde el poder dejó de concentrarse en el emperador a una República controlada por el Senado. La ingeniería fue sobresaliente; se construyeron carreteras, acueductos, baños, arcos, teatros y anfiteatros entre otras muchas estructuras y obras públicas. Fue el primero conformado por un ejercito integrado por legiones de soldados profesionales y permanentes, pero sin lugar a dudas el invento más importante y revolucionario que dejó este memorable imperio fue el Derecho, entendido como el ordenamiento jurídico que rigió al pueblo romano desde el siglo VIII a.C. hasta el siglo VI d.C (754 a.C. al 565 d.C). El Corpus Iuris Civilis es el gran monumento jurídico, mandado compilar por Justiniano, donde se recoge todo el saber en leyes, pilar decisivo en la historia del derecho mundial. Algo similar ocurrió con los imperios aqueménida, otomano, mongol, y más recientemente los imperios Británico y Americano.

Cada civilización tiene una impronta que deriva de un cúmulo cultural construido tras años de conquistas, migraciones, sometimientos y apropiación de la expresión filosófica de otros pueblos. Esta mezcla de maneras de ser, de ver, y de representar al mundo, crea nuevas y valiosas formas de identidad cultural tanto en vencedores como en los vencidos. La dinámica de las civilizaciones no cesa con los años, y la interacción permanente entre ellas, modifica en mayor o menor medida las otras culturas vivas del planeta.

La exploración de América del Norte fue iniciada por los ingleses poco después del descubrimiento del Nuevo Mundo. La pobreza y hostilidad indígena de la zona frustraron los intentos de colonización hasta 1606, cuando fue fundada Jamestown, núcleo de la colonia de Virginia. En 1620 un grupo de cien protestantes calvinistas, llamados Padres Peregrinos fundó la ciudad de Nueva Plymouth perteneciente a la colonia de Massachusetts. En 1732 había 13 colonias y 2.400.000 descendientes con leyes y costumbres construidas por la visión y el sentido de prosperidad de cada individuo en una sociedad que en su conjunto constituyen la prosperidad de toda una nación. En este territorio se siguieron las costumbres sociales políticas y religiosas de la época. La mayoría de los pobladores eran protestantes (luteranos, calvinistas y anglicanos), descendientes de inmigrantes de una Europa exacerbada por conflictos religiosos. A este núcleo se sumaban unos 300 mil esclavos procedentes de África llevados por comerciantes Holandeses en 1619 que contribuyeron a la construcción del país.

El aporte cultural de cada etnia hizo de Estados Unidos un crisol que funde ciencia y método en la investigación; las artes nutridas por occidente y la música recogían lo que se conoció después como Jazz, Blues u otras expresiones de formidable belleza en su lacónica interpretación. Los oficios se desarrollaban siguiendo principios de auténtico pragmatismo profesado por filósofos como Sumner, Veblen y Dewey. La fundación de universidades como Harvard o el prestigioso MIT, dan muestra del rigor científico de los americanos siguiendo el legado de los padres de la ciencia británicos y holandeses que con inagotable curiosidad querían desentrañar los más profundos misterios del universo.

La cultura americana ha logrado en los últimos tiempos la más espantosa degradación de toda expresión cultural. Hoy todo es postizo, impostado o falso; La sociedad dejó de ser una viva expresión de arte y ciencia, para convertirse en blanco de la rapacidad de corporaciones que buscan obsesivamente capital y clientes gracias a la acción del mercadeo y la (neo)ética en los negocios. Las corrientes folclóricas de antaño con su riqueza simbólica, hoy son torpes estridencias con mensajes incoherentes y vacíos de contenido. La creación se convirtió en consumo y la autenticidad en burdo estándar gracias al parafílico amor por el dinero. En cualquier sector de la sociedad que tenga validez el ingenio humano prima la hiper producción de objetos más o menos inútiles, que inunda los mercados del mundo con poderosa tecno eficiencia, y se apalanca en la llamada obsolescencia programada que no hace otra cosa que acelerar la dinámica consumista necesaria para garantizar el crecimiento económico de muy pocos, sin importar el riesgo ecológico del planeta.

Las sociedades que por años conservaban sus valores y principios y hacían de ellos poderosos baluartes de su cultura, apuntan a la masificación del todo foráneo. Lo auténticamente nuestro perdió significado. Ahora lo que prima en la nueva escala de ídolos son los objetos marcados por la belleza, por su utilidad, pero sobre todo, por la condición de modernidad. Este torrente de consumidores que todo lo acepta sin vacilación ni validación, perdió no solo su identidad cultural, sino su identidad ancestral. Estas sociedades a medida que se identifican con el estándar industrial de sociedades extranjeras, son a la vez esclavizadas por el vértigo del consumismo debido a que prima el valor de lo foráneo, destruyendo lo verdaderamente propio producido en cada territorio. Son entonces las empresas multinacionales quienes se llevan el capital a sus centros financieros y de negocios. Amamos lo extraño y a la vez desconocemos nuestra propia existencia histórica.

Nuestra juventud, que tiene en sus manos portentos inimaginables en cuanto al conocimiento y al entendimiento de esta realidad histórica, perdió todo contacto con su origen y sus antepasados para convertirse en sujetos inauténticos que obedecen a los principios más elementales de posesión de lo cósico. Las nuevas reglas de hoy: "tener es ser", y "tener sin importar de dónde venga, también es ser". El individuo en esta sociedad plástica y desechable adquiere importancia en la medida en que logre un acceso frenético y continuo a los mercados. Las metrópolis del mundo parecen construidas en un mismo territorio; sus habitantes, edificios, vehículos, restaurantes, tiendas y centros comerciales parecen haber sufrido el famoso "copy-paste" de las bulímicas transnacionales. Las tiendas de Roma Nueva York o París son construidas con exquisito gusto para garantizar al ciudadano del mundo un estándar estético y ambientes controlados que garanticen su seguridad y bienestar. Ya es imposible diferenciar un centro comercial en Dubái Bogotá o Jakarta. Mismas tiendas, mismos artículos, misma moneda, misma (aparente) calidad. Las sociedades no se fusionaron culturalmente, sino industrialmente, productivamente, comercialmente; o mejor, transaccionalmente. Todos somos una unidad de autómatas consumidos por un consumismo salvaje proveniente de un capitalismo también salvaje.

Ahora que comienza el año del gallo de fuego y la esquizofrénica complulsión por el consumo ha mermado un poco, volveremos a nuestra auténtica realidad; sí, volveremos a la apacible y profunda contradicción de lo que somos frente a lo que nos obligan ser; a lo que anhelamos poseer y podemos tener; y a la infinita soledad que nos acompaña en la comprensión de nuestro pobre y destartalado país.

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