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La banalización de la razón

  • 22 oct 2016
  • 3 Min. de lectura

De todo lo que nos ocurre en nuestra sociedad, es la banalización de la razón lo que más daño nos hace. Ello nos desconecta de la realidad, nos evita la angustia de pensar por nosotros mismos, y nos fragmenta como un todo social. La información detrás de la información es lo que nos ocupa hoy.

Perdemos contacto con la realidad gracias a diversos mecanismo de defensa de un "yo" confortable que se siente vulnerable a la crítica de los demás. La vanidad, el instinto de conservación y nuestra naturaleza gregaria provocan en nosotros el miedo al sufrimiento o al rechazo social.

Millones de anuncios, noticias, reportajes o documentales son arrojados groseramente y sin el menor asomo de ética al cúmulo social, únicamente con el propósito de generar un impacto fríamente calculado por quienes se benefician de ello. La sociedad víctima del imperialismo capitalista ha trastocado sus valores gracias a la práctica corrupta de empresas que convierten el sagrado deber de informar en la ineludible tarea de manipular. La consigna es: si no hay opinión pública, crear una que sea favorables a los intereses de quienes manipulan la verdad. A esto es a lo que nos vemos sometidos los ciudadanos de todas las sociedades en el odioso día a día.

Este diluvio informacional inunda cualquier capacidad de sindéresis. La movilidad de la verdad, la posesión de la razón de quien tenga acceso a la red; la eventualidad de acceder casi a cualquier tema sin preparación académica para abordarlo; la facultad que ofrece el copy-paste, y la dislocación de las fuentes hacen imposible el cotejo. Validación y contrastación se hacen a veces imposibles gracias a que los dueños de los medios de comunicación crean las fuentes necesarias garantizando así el noble "derecho" a la información. Cuando el oyente, televidente o cibernavegante hace su tarea de validación, encuentra material sólido y coherente que le permite construir un juicio de valor, infortunadamente carente de toda objetividad. Su realidad circundante ha ido cuidadosamente prefabricada. El asalto a la razón se ha consumado.

Toda esta debacle informacional a la que nos vemos sometidos, nos aplasta y nos impide pues, construir juicios de razón sólidos que permanezcan en el tiempo; pero la mente humana posee un mecanismo de defensa único: la posibilidad de construir posibilidades, y decidir frente a ellas. Sí, si la construcción de su realidad es onerosa en términos energéticos, intelectuales o económicos, optará por su banalización, su degradación, su depreciación, o la pérdida de su valor relativo en términos de importancia para la construcción de sus proyectos de vida. Con ello, el ciudadano logra desconectarse de ella -su realidad-, trivializarla y convertirla en un artículo de bolsillo; un juguete, un objeto de poca importancia semejante a lo que encuentra cuando se conecta a la vida online donde la virtualidad lo inunda todo.

Esta banalización de la realidad nos permite vivir sin apegos, sin exclusiones y sin pesados fardos que nos acerquen a lo único, lo trascendental, lo verdadero. Evita llevarnos al origen de lo nuestro, a la génesis del ser. La banalización nos hace móviles, insulsos, etéreos, insustanciales, libres y carentes de esas odiosas "razones" que tenemos que defender por encima de cualquier cosa y que nos roba la tan anhelada felicidad. Lo banal nos evita la angustia de pensar pero sobre todo de tomar decisiones por nosotros mismos.

Bienvenida la banalidad, lo light, lo superfluo, lo que nos invita al goce y al regocijo. Probablemente así podamos llegar a ser el tan anhelado país más feliz del mundo.

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© 2014 Roberto Echeverri Uribe

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