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La insoportable levedad de ser Colombiano

  • 2 sept 2016
  • 5 Min. de lectura

Nada retrata mejor una sociedad, que el análisis de lo que en ella ocurre. A propósito del plebiscito con el que el presidente Santos pretende convocar al pueblo colombiano para que con su voto diga si aprueba o no los acuerdos de paz pactados en La Habana, es bueno recordar cómo el imaginario popular y la conciencia colectiva contribuyen a brindar los elementos de juicio que tanto necesitan los colombianos a la hora de votar este 2 de octubre.

Y como la responsabilidad confunde y abruma porque no hay rigor para contrastar datos y hechos, acudimos de inmediato al refranero, o al imaginario popular para -cual náufrago- asirnos de esa tabla de salvación que nos alivie de la responsabilidad de decidir, y nos proporcione un bálsamo a nuestras almas y nuestros corazones. Mientras tanto los corifeos de ambos bandos enceguecidos por una pasión irrefrenable (tenemos un chip en el cerebro que nos lleva a seguir a los líderes de la manada), siguen a pie juntillas arengas e instrucciones sin importar las consecuencias de sus decisiones sus hechos o sus palabras.

Uno de los argumentos que escuché hace poco para votar el SI en el plebiscito, fue el siguiente: "es más barato hacer la guerra que la paz. Además podemos utilizar ese dinero en la construcción de infraestructura y dar mejor alimento a los niños que tanto lo necesitan, y no en la compra de armamento y munición que tanto daño le hace al país". El argumento que suena apodíctico y supersticioso, me llamó la atención porque además de mostrar una lógica enrevesada y confusa (ya veremos por qué), muestra una fotografía nítida de los valores de nuestra sociedad. Queda claro que el análisis de quien construye un argumento como este, busca el mayor costo-beneficio en favor de la paz (el sí), y de paso se ajusta a las leyes cristianas colombianas. Mata dos pájaros de un solo tiro -el económico y el moral-, y además se reconcilia con la teología católica que promueve la paz y el bienestar de los pueblos. La dupla comida-paz se inserta en el edificio filosófico de derechos y necesidades de todo "hombre" en el humilde tránsito por esta vida; fin de su análisis y suspensión total de la angustia al momento de votar el 2 de octubre. La vida sigue su camino y la satisfacción de haber decidido con responsabilidad lo inundará de felicidad.

Lamentablemente esto no es así. Lo que parece lógico a simple vista, no lo es en la realidad. Lo esencial es invisible a nuestros ojos, así la lógica occidental no esté de acuerdo con el planteamiento expuesto por mi interlocutor.

Me centraré en un episodio más o menos reciente; la segunda guerra mundial.

Septiembre de 1938: Hitler reclamaría la anexión de la región checoslovaca de los Sudetes, amparándose en el origen alemán de sus habitantes. Checoslovaquia que era fuerte en la fabricación de armas y poseía un ejército preparado para entrar en guerra, acudió a Francia y Gran Bretaña para pedir auxilio ante las amenazas alemanas. En lugar de garantizar su independencia, franceses y británicos intentaron convencer a los checos para que se mostraran razonables y evitar una escalada de tensión en Europa.

29 de septiembre de 1938: se consumó en Munich la claudicación de las potencias democráticas ante la desmedida ambición de Hitler y se decidió desmembrar su país para aplacar al dictador alemán.

1° de octubre: las tropas germanas irrumpirían en territorio checo, en cumplimiento de los acuerdos del Pacto de Munich, apoderándose así de la región de los Sudetes. El premier británico, Neville Chamberlain, al llegar a Londres bajó del avión exclamando “¡paz para nuestro tiempo!”. El único político que se atrevió a aguar la fiesta fue Winston Churchill: “Hemos sufrido una derrota absoluta y total”, afirmó en la Cámara de los Comunes. A renglón seguido pronunció una frase aun más contundente: “Nos dieron a elegir entre la guerra y el deshonor… elegimos el deshonor, y además tendremos la guerra”. Aunque Churchill fue duramente criticado, estaba en lo cierto. Británicos y franceses habían creído en Hitler cuando aseguraba que cada paso del expansionismo alemán era su “última reivindicación en Europa”. Sin notarlo, su ingenuidad estaba alimentando el monstruo que tarde o temprano iba a intentar destruirlos. Pero el engaño estaba a punto de finalizar.

15 de marzo de 1939: cuando las tropas alemanas ocuparon Praga, -convirtiendo aquel pacto firmado por Chamberlain en papel sin valor- las potencias occidentales comenzaron a comprender que la época de concesiones a Hitler debía terminar.

Los seres humanos no son ángeles. Tienen voluntad, deseos, pasiones, ambiciones y sentimientos. Esa es la realidad, y con ello tenemos que lidiar todos los días. Vivimos en sociedad, lo cual significa tratar a los demás mortales y soportar su individualidad dentro de un contexto cultural. Algunos gracias a su naturaleza quieren el poder y la dominación, y muchos de ellos quieren conseguirlo a cualquier costo. La guerra es la instrumentalización de la voluntad humana. La guerra permite someter a quienes quieren dominar, o subvertir cualquier orden establecido; y es en ella en la que se soporta y se mantiene una paz verdadera, porque la guerra en todo su contexto de muerte y caos, también significa respeto y Ley. La guerra da ejemplo de conducta, y esto aunque puede ser interpretado de varias maneras, es parte del orden social que nos tocó vivir. Así son las reglas de juego con los hombres, y ese es el juego que debemos jugar. Evitar la guerra y hacer concesiones sin límite, nos llevará a una ruina declarada porque los deseos del hombre son infinitos, y lo que hoy tiene, mañana le es insuficiente. Gracias a la guerra, muchos países ya no tienen conflictos internos ni problemas con sus vecinos; y aunque es paradójica, es la guerra la que promueve la paz; y es gracias también a ella, que muchos se abstienen de hacerla porque tienen memoria y comprenden el significado de las palabras castigo, dolor y muerte. Su poder de contención es contundente y ejemplarizante; su acción modifica la conducta humana para bien o para mal, pero no por ello deja de ser un instrumento de pacificación muy eficaz. No por nada la nación más poderosa del mundo ha creado la más gigantesca industria militar y la alimenta todos los días con un presupuesto que supera el PIB de muchas naciones sumadas. Además de fortalecerla, Estados Unidos hace alarde de ella sin el más mínimo reato de conciencia y lo hace con un propósito disuasivo para no convertirla en un instrumento coactivo.

En este caso será la lógica aristotélico-tomista la que se imponga este próximo 2 de octubre, cuando seamos testigos de una votación masiva por un SI engañoso y providencial que aunque nos llevará al vacío, mantendrá a las púdicas almas en un infinito sueño pletórico de sensaciones de justicia y paz.

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