Una cotidianidad agobiante
- 24 jul 2016
- 6 Min. de lectura
Arriesgarse a escribir algo hoy, -cualquier cosa-, es ya un reto difícil de asumir. La hiper producción de información -mucha de ella fácilmente clasificable como "basura" constituye una endemia de proporciones fabulosas. Casi cualquier persona en cualquier sociedad sin importar su nivel de ilustración, puede elaborar un escrito de tamaño mediano sin dificultad aparente. Internet convirtió el conocimiento en un patrimonio de la humanidad para bien de muchos y provecho de todos. Gracias a la tecnología informacional casi cualquier persona también está en riesgo de leerlo, y algo peor: creer aquello que lee.
Pero como todo, el conocimiento en sí no significa nada. Es el significado de las cosas las que le dan sentido emocional, circunstancial e histórico que condiciona nuestra visión y perspectiva de la vida. Podemos saber casi cualquier cosa acerca de un autor o un escritor, un artista o un hecho en particular, pero si ese conocimiento no transforma nuestra manera de ver el mundo; si el conocimiento adquirido de él, o de cualquier otro asunto no proporciona valor a nuestra existencia, no aportará nada a la especie ni a la humanidad en su conjunto. De nada servirá ese saber si no lleva consigo un valor intrínseco en las esferas de la ética individual o la moral colectiva.
Los países construyen su realidad a partir del conocimiento que aportan los individuos que lo habitan. Su análisis de la historia, y las posibilidades que la inteligencia humana proporcione a ese conjunto de datos son los que producen experiencia colectiva para construir insumos sintéticos, simbólicos o fácticos a futuro. Este conocimiento lo llevará a crear nuevas formas de interacción humana, de valor social, y nuevas instituciones de gobernabilidad más humanas que se ajusten a las realidades sociales que la historia exige. Cada ser social modifica y condiciona su conducta de acuerdo al accionar de los demás elementos que lo afectan; es decir, y en un sentido más amplio, el comportamiento del otro condiciona el mío, y la suma de las visiones y los comportamientos hacen que una sociedad avance, se detenga o retroceda. Colombia se encuentra estancada más de cincuenta años debido a una ausencia sistemática de debate en los temas que realmente interesan; y podría decirse que más bien retrocede porque las demandas de las sociedades contemporáneas son dinámicas y muy exigentes; pero lo trágico de todo esto es la sensación de avance que la sociedad percibe al entregarse por completo a la discusión de absurdos, auténticos nudos gordianos disfrazados de derechos políticos y asuntos con lemas sugestivos como "perdón, justicia y reparación" y otros esperpentos jurídicos que descansan en décadas de amaños, y malas decisiones tomadas por los políticos de turno.
El juego es sencillo: los políticos polarizan la opinión de los votantes, y al fragmentar la unidad de criterio los manipulan para confinarlos en parcelas de "verdades" dichas por esos políticos y amplificadas por los medios masivos de comunicación. Usted amigo votante no puede querer ni estar de acuerdo con dos políticos opositores a la vez: o está del lado de un candidato, o del otro. Es un juego binario y excluyente que manipula su criterio, destruye su individualismo para ser colectivizado manipulando su voluntad.
Esta interacción entre votantes y políticos crea falsas realidades y circunstancias que afectan lo vivencial, la interpretación de los fenómenos cotidianos de la existencia humana, y la visión de futuro como sumatoria de las cosmogonías individuales. Sociedades como la americana o la europea conocen esto a la perfección y no pierden tiempo en discusiones ridículas o bizantinas sobre los asuntos que nuestro circo tropical colombiano debate 24 horas al día los 365 días del año con la anuencia de los medios de comunicación.
Lo cotidiano, es decir el comportamiento habitual de nuestra sociedad en asuntos políticos, de religión, economía, paz o gobierno es tan caótico que nos inunda; nos aparta de la mirada global de las demás realidades; nos detiene en la marcha por lograr una superación filosófica de la existencia humana; nos conduce al más tenebroso abismo, similar a la realidad esquizofrénica de quien por problemas de percepción, queda atrapado en "su mundo" único inmóvil y eterno.
Y son ni más ni menos los medios de comunicación quienes se han encargado de difundir esta estulticia; que por un puñado de dinero justifican soterradamente una falsa libertad de prensa; manipulan y guían a la sociedad para obtener su aquiescencia en el juego político, y hacen de los políticos los verdaderos protagonistas de la estupidez humana.
Su comportamiento es a todas luces irresponsable; y responsabilidad no es evitar hacer lo malo, sino seguir los principios vitales para escoger lo mejor para nuestras vidas, del entorno y la humanidad, y este parece ser un principio deontológico caído en desuso por los propietarios de esas empresas difusoras de verdades etéreas y acomodaticias.
Detrás del poder comunicacional está el poder económico y por ende el político. Quien maneje la opinión, manejará la sociedad y el Estado. Las libertades en nuestra sociedad chocan violentamente con la ignorancia, la falta da libertad y el respeto por los valores más elementales, pero sobre todo -y esto es una de los peores males de nuestra civilización- a la desmedida ambición por el dinero y el poder. Son los plutócratas y políticos corruptos los que toman provecho de la ignorancia de un pueblo para sumirlo en la desinformación y la manipulación de masas.
A eso me refiero cuando digo que cada día es testigo del tiempo perdido de una sociedad con todo el potencial del mundo y con todos los elementos para avanzar y hacer de nuestra Colombia un lugar digno para vivir; esa cotidianidad aburrida, letárgica y somnolienta; la interrupción, la incoherencia, la discordia, el engaño y la sorpresa frente al absurdo son lo habitual de nuestras vidas, convirtiéndose incluso en necesidades reales para muchas personas, cuyas mentes solo se alimentan de cambios frívolos, súbditos y de estímulos permanentemente renovados.
Damos crédito a la chatarra tecnológica para que nos informe, nos confirme las verdades, nos aleje de la realidad o nos agobie con su bombardeo incesante de información que repetida mil veces se convierte en verdades irrefutables, en dogmas de fe que trastocan nuestra más elemental escala de valores, y nos hacen parecer productivos, vitales y tributarios de una sociedad enferma, mediocre y decadente.
La paz como derecho fundamental de toda sociedad medianamente evolucionada es políticamente correcta, pero es la forma de llegar a ella la que transgrede todo principio de compensación natural. Lo dice Foucault en su obra "vigilar y castigar": "toda acción del hombre debe tener una consecuencia lógica y proporcional que la compense". Esto ademas de ser ejemplarizante, ayudará a que su conducta sea modificada y primen el respeto y los demás derechos. En este caso se está entregando el país a uno de los actores más violentos de la sociedad colombiana -pero no al único- y lo peor: a cualquier costo. La paz no estará cerca porque una sociedad se pacifica cuando todos los actores (o al menos los más importantes) interactúan con armonía, y además convergen otros elementos como la igualdad de oportunidades, el acceso a servicios básicos como la educación, la salud y la justicia, se establezcan los elementos mínimos de confianza en las instituciones de gobierno que resuelven los conflictos entre ciudadanos y mitigan los choques de voluntades que se operan en ella.
Y esas instituciones (la de justicia por ejemplo) ha caído en el índice más bajo de credibilidad y desconfianza, lo cual genera un desorden de proporciones gigantescas. Confundimos los derechos con los deberes, y los deberes con las obligaciones perdiendo toda medida de proporcionalidad y justicia. Caemos en una locura propia de estos países agobiados por políticos mediocres que hacen todo sin planeación, a medias, privilegiando a unos pocos, y buscando afanosamente su lucro personal para perpetuarse en el poder, y con los medios de comunicación prestos para informar las verdades a medias.
El problema de las sociedades carentes de tolerancia valor y criterio es que todos terminaremos pensando de la misma manera. No está lejos el día que nuestros valores no choquen porque todos estaremos de acuerdo con lo que antes denunciábamos y nos ponía ronca la voz. Porque el día a día, la cotidianidad que nos inundaba y nos sumergía en la más absurda de las realidades y que nos hacía perder todo punto de contacto con otras realidades en nuestro mundo minúsculo y solipsista terminará por afirmarnos en nuestra propia estupidez colectiva, haciéndonos creer que avanzamos, que vamos en la dirección correcta y que hay un futuro promisorio que espera por nuestros hijos y nietos. Moriremos inocentes y cautos. Nada más alejado de la realidad...


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