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¡Feliz 2016!

  • 2 ene 2016
  • 3 Min. de lectura

Finalmente, y después de una agonía de más de 60 días, el año termina. Celebramos con júbilo casi delirante las fiestas que otros nos han impuesto. Nuestra tradición identitaria es suplantada sin más por fiestas foráneas con fuerte contenido mercantilista y carente casi por completo de recogimiento y espiritualidad. Aniquilamos casi con vergüenza la manifestación cultural dejada por nuestros ancestros y destruimos costumbres pletóricas de significado que dan sentido a nuestra propia existencia en desconexión con la naturaleza como partera; del universo como útero espiritual de toda génesis, y del medio ambiente como proveedor sagrado de los recursos materiales que facilitan la vida. En enero después de la resaca, la pobreza y el cansancio, desaparece el letargo mientras poco a poco nos conectamos de nuevo con un mundo que nos obliga a cumplir los propósitos impuestos por los poderes del capitalismo. Mueren para muchos los sueños de aquello que no pudo ser realizado. Los proyectos que durante meses fueron alimentados por el poder mediático -finalmente han sido lapidados por la simple lógica del modelo, la incapacidad productiva, o la gravísima lesión mental que produce el sistema haciéndole creer que posee la capacidad de soñar ilimitadamente-, lo que imposibilitó su cumplimiento. En este caso la perversidad del sistema se unió en perfecta compinchería con la inocente ingenuidad del ser humano para hacerle creer que todo se puede; que no hay límites, y que la razón humana existe a la hora de conseguir el dinero, pero pierde total validez a la hora de gastarlo.

Comienza el año con la certeza de haber sido <<casi>> felices; que cumplimos a cabalidad los ritos que el sistema dinero nos ha impuesto, y dispuestos a que este como los demás episodios en nuestras vidas puedan ser claramente identificados, clasificados, y manipulados como paquetes constitutivos de nuestro acervo de experiencias, para luego ser interpretados a libre albedrío. Utilizamos el racionalismo funcional también para acomodar los carretes de nuestra película existencial de manera que nos evite dificultades; que nos permita permanecer en la zona de confort, y nos haga la vida menos dolorosa y angustiante. Creamos falsamente situaciones de significado variable de acuerdo a nuestros propósitos a fin de construir una vida cíclica, monolítica, pendular, inflexible, estereotipada y llena de matices ambivalentes que se acomoden al sistema racional-emocional construido y reconstruido infinito número de veces. Caemos en la inocente trampa que nos tiende el sistema al hacernos creer que cada comienzo de año debemos partir de cero en nuestra economía emocional, pero sobre todo en cuanto al inventario de objetos y el número de cosas para dar. Dar es felicidad, comprar un acto que bien puede asimilarse al orgasmo, y acceder es una de las más fantásticas experiencias jamás vividas por el hombre contemporáneo suele recordarnos el leviatán capitalista en su arrullo adormecedor. Si poseer algo es poseer la materialización misma de la felicidad, no debemos cejar en nuestro empeño por conseguirlo. Medio ambiente y naturaleza son términos negados o ignorados por el ser-cosa porque lo que prima es la locura del festejo y la euforia esquizoide de la celebración a cualquier costo.

Ha llegado enero, y en nuestra cortedad de espíritu -que en diciembre no fue estrenado- nos han hecho creer que ha comenzado un nuevo ciclo vital; ignorando aún los más evidentes ciclos del hombre, la naturaleza, la tierra o el universo que en ocasiones puede tardar millones de años. Nos han inoculado el peligroso germen de la velocidad que nos obliga a acelerar el ritmo de nuestras vidas para el cumplimiento de nuestros vitales pero sobre todo comerciales propósitos; retando inclusive los principios más elementales de la vida coherente como la paciencia, la rítmica de cada organismo y la estacionalidad natural de las emociones y las cosas. Ha llegado enero dice nuestro Big brother el sistema capitalista y la vida debe comenzar de nuevo. Debemos prepararnos para vivir un nuevo año consumiendo más que el anterior porque en términos materiales el principio de acumulación no existe. Si tienes un vehículo, compra otro; si tienes dos, es hora de adquirir un tercero.

Amanece un nuevo año, y la cruda realidad nos conquista al descubrir que la sociedad es la misma; los políticos siguen por la misma senda, que los problemas antes que desaparecer continúan, y que muy poco o nada podemos hacer para cambiar los dictados del egoísmo, la vanidad y la megalomanía de un político incapaz. Bienvenido 2016 y recemos con fervor para que nuestro flamante presidente, quien tiene la peligrosa capacidad para soñar con sueños inocentes; que desconoce la naturaleza humana, y que lo ignora casi todo en tema de negociación, no acabe con el país antes de que otra navidad capitalista se apodere de nosotros.

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