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Mente y destino

  • 26 ene 2016
  • 3 Min. de lectura

Se debaten certezas e incertidumbres cuando envejecemos. El cerebro es el campo de batalla donde lo cierto y lo incierto luchan a muerte por conquistar terreno en la lógica de cada individuo. Nos convertimos en víctimas mortales de esa guerra y con el tiempo sucumbimos a victorias y derrotas que poco a poco trazan el rumbo de nuestra existencia.

Paradigmas, conceptos, distorsiones, mitos, percepciones, y toda clase de información lógica o absurda -recibida en sueño o vigilia- se mezclan como monstruos furiosos que con el tiempo logran aliarse a datos conceptos y recuerdos con quienes son tomados como rehenes para alterar lo que a nuestro criterio llamamos realidad. Cada día que pasa nuestra realidad es modificada en mucho o poco gracias a la acción del pensamiento y las circunstancias que nos rodean. Su interpretación es metamórfica.

El cuerpo humano es una máquina delicadamente diseñada única y exclusivamente para brindar capacidad al cerebro de cumplir su cometido desde que nace hasta que muere. Todo lo que allí ocurra gira en torno a lo que el cerebro –rey de reyes y amo del universo- ordene. Ningún otro aparato se compara con este coloso de la naturaleza. En términos de hacer, transformar, pensar, crear, -o lo contrario-, destruir y aniquilar es el cerebro el órgano más importante jamás creado por la naturaleza; allí cabe todo, hasta el universo mismo. El cerebro es capaz de pensar la totalidad de lo real. Y la naturaleza lo dotó de un completo arsenal de herramientas para recibir información que la exterioridad le ofrece. Los bien refinados cinco sentidos le permiten recolectar y clasificar eficientemente fabulosas cantidades de datos convertibles muchos en información o más impresionante aún: en conocimiento después de un proceso de maduración. Aun con adelantos como la nanotecnología, la robótica, o la inteligencia artificial, la comunidad científica está lejos de diseñar un aparato tan poderoso y versátil como esta computadora biológica. Sus entre 50 y 100 mil millones de neuronas (10 elevado a la potencia 11) hacen de este órgano una máquina única en el universo conocido. Su poder ha llevado a la humanidad entera a situaciones extraordinarias en términos de calidad de vida, transformación de la naturaleza o destrucción. Para bien o para mal es el cerebro humano el arma más poderosa jamás visto desde la formación del universo hace catorce billones de años.

Este pequeñísimo órgano con un peso promedio de 1,5 kilogramos, y 1,130 centímetros cúbicos es capaz de unir pasado presente y futuro, imaginar lo inimaginable o crear su propia realidad; inventar cosas procesos o situaciones, tomar el control de la naturaleza, transformar el universo exterior y hasta decidir sobre su propio destino o el del planeta que lo vio nacer y le permitió su propia evolución. Su alcance es casi infinito. Su poder es tan grande que puede crear y destruir dioses o culturas; someter, dominar o apropiar casi cualquier cosa que invente o exista; producir y reproducir con exactitud increíble objetos que llevan a la humanidad a límites jamás pensados, o explorar lugares donde ningún otro ser viviente en el universo conocido sería capaz de llegar; cuestionar, indagar o grabar en superficies materiales o inmateriales información comprensible y reproducible por medio de signos alfanuméricos que pueden permanecer por siglos sin ayuda de la tradición oral. Este pequeño dios es lo más sofisticado que ha creado una naturaleza que ha perdido casi todo su misterio. Este ser microscópico si lo comparamos con la vastedad del universo, es capaz de eso y mucho más. Eso es lo que tenemos, en eso estamos, y eso es lo que hoy domina al mundo; y al parecer esa situación no cambiará en el mediano plazo. Y aunque su poder exploratorio y deductivo es asombroso, paradójicamente no ha logrado desentrañar el misterio del pensamiento como proceso informacional, mismo que le ha llevado a la cúspide de la pirámide de dominio entre los seres vivos que lo rodean.

Nuestro futuro aun sin existir se transforma con el paso de tiempo cuando las interpretaciones de hechos pasados nos aportan información que permiten imaginar y configurar escenarios completamente nuevos. Creamos y recomponemos momentos en pasado presente y futuro con nuevos elementos de juicio; ponemos percepción y razón a nuestro servicio para crear pensamiento aunque sigamos sin comprenderlo. Este proceso acumulativo de información crea los monstruos que luchan por conquistar una realidad en nuestras mentes. Las posibilidades combinatorias son prácticamente infinitas. Eso es lo interesante. Depende en gran medida lo que tengamos en nuestra mente para trazar la bitácora de nuestra propia existencia, porque aunque solo sea eso: información efímera, superflua o transitoria, de lo que allí tengamos dependerá nuestro propio destino.

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