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Si muriera

  • 20 dic 2015
  • 2 Min. de lectura

Si muriera tendría toda la eternidad para disfrutar esa maravillosa experiencia. Ese tránsito misterioso del materialismo tridimensional y temporal a lo etéreo de la intemporalidad, me daría la mejor de las oportunidades para comprender finalmente la totalidad del todo en la existencia del universo. Sin prisa comenzaría mi trabajo por comprobar la existencia divina de Dios. Y aunque me podría demorar media eternidad, me empeñaría con toda energía calma y sosiego (trantando de no olvidar que no estoy en la tierra y que términos como productividad aquí no existen!) para abordar el estudio de su incomprendida lógica y descubrir por qué ésta ha sido dada a la razón humana de manera misteriosa y fragmentaria, y saber de una vez por todas por qué muchos de los mortales dieron su vida por ella, aunque muy pocos realmente la entienderon. La lógica divina es una realidad con la que el hombre ha tenido que lidiar y obligarse a hacer el esfuerzo intelectual de comprender. Le preguntaría en medio de mi ignorancia por qué si (Dios) existe; si todo lo sabe, si lo ha creado todo con infinita sabiduría; si su creación es hecha a imagen y semejanza, por qué no se ocupó de los asuntos del mundo para hacer de éste no el mejor de los mundos posibles, sino el mejor de los mundos probables, y le pediría como buen <<ex>> mortal -estúpido, irracional, ilógico, desequilibrado y terco como una mula-, me diera las razones de su actuar al haber abandonado a la humanidad a las espantosas tragedias que la historia le ha obligado soportar. Pero si después de ocuparme media eternidad a este menester descubro que ese ser infinito, bondadoso, magnífico, omnisciente e iluminado no existe, llegaré a la plácida conclusión de que nunca hubo a quien culpar, nadie a quién interrogar ni sobre quién poner en práctica la irracionalidad de la lógica humana, Comprendería finalmente que tuve razón y aunque para ese momento no me interesaría tenerla, podría ahí sí dedicarme a la contemplación eterna de la nada.

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© 2014 Roberto Echeverri Uribe

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