Una mirada a la tragedia del otro
- 1 dic 2015
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Si vemos las cosas desde otro punto de vista, Venezuela nos aventaja en algo: toda la sociedad sabe con certeza el leviatán que enfrenta, el caos al que se han visto sometidos, la enorme empresa que les espera para reconstruir un país en ruinas por culpa de la estupidez humana. Cada funcionario; cada peón de ese perverso y satánico aparato de gobierno ha sido desenmascarado y puesto en la picota pública. Ya lo saben; conocen e intuyen los oscuros propósitos de Maduro y su cohorte de chacales prestos a asestar el puñal con brutalidad hercúlea y embestir contra la indefensa y débil sociedad a la que supone quiere y protege.
El pueblo venezolano conoce divulga y denuncia hechos tan graves como el secuestro de los poderes públicos y la utilización de la justicia para perseguir los enemigos del régimen; los venezolanos son conscientes de la detención, acusación y condena ilegal y viciada de nulidad de opositores civiles y militares como Leopoldo López, y varios oficiales pertenecientes a diversas armas de las fuerzas militares; la sociedad en su conjunto se ha enterado de la destitución, detención y juicio inconstitucional e ilegal a funcionarios de elección popular como Diputados y Alcaldes, entre ellos María Corina Machado, Antonio Ledezma, Daniel Ceballos, Enzo Scarano y José Ramón López. Saben de primera mano sobre la hegemonía comunicacional y la censura a la libertad de expresión, y otros desmanes que la revolución socialista de siglo XXI y su fracasada pantomima les has mostrado con hechos de tristeza y dolor.
Saben también que el régimen desde hace meses controla para su propaganda electoral más de 75% de los medios radiales y audiovisuales, hecho por demás evidente entre los pobladores de todas las ciudades de Venezuela; saben además que inhabilita destacados dirigentes políticos opositores, candidatos a diputados a la Asamblea Nacional, víctimas todos de violación sistemática de los derechos humanos y de violencia extrema originada por la prédica del odio y el resentimiento como política de estado. Los venezolanos saben a la perfección que esa situación no muestra el menor atisbo de querer cambiar, y que el recientemente cierre de la frontera con Colombia, el desabastecimiento y la escasez de productos básicos alimenticios, así como la incontenible inflación conducen a Venezuela a ser una de las economías más inestables e inflacionarias del mundo. Todos estos hechos ponen al país en el concierto internacional como una nación que comete crímenes de lesa humanidad y viola sistemáticamente los derechos humanos.
Eso es lo que los venezolanos saben, pero nosotros aun no tenemos ese nivel colectivo de conciencia. En Colombia pasan cosas muy graves todos los días, pero ilusos, despistados y desinformados caen en la trampa al ser manipulados por políticos y medios de comunicación. La corrupción y la vanidad han ocasionado históricamente la debacle institucional y económica que se cierne en un país prácticamente aniquilado en sus bases económicas y sociales. Temas como justicia, seguridad, competitividad, la salud y la educación; las políticas públicas, infraestructura energética o la economía son los grandes ausentes en la agenda pública.
Es más importante la noticia del contrato amañado que la Fiscalía suscribe con una contratista en particular; los viajes de algunos senadores en busca de protagonismo en La Habana, o la opinión de tal o cual político, que la discusión de un tema que realmente interese a la sociedad. El proceso de paz que adelanta el gobierno es nuestro opio, nuestra cantinela, nuestro pan de cada día; es la dosis que nos embrutece, nos narcotiza y nos adormece ante la debacle institucional.
Todos los días vemos a los medios de comunicación denunciando corrupción, pero las entidades encargadas de adelantar las investigaciones no dan abasto; quienes delinquen pagan para que no se investigue, o en el peor de los casos las llamadas altas cortes reciben coimas o devuelven favores a sus antiguos amigos con impunidad o fallos amañados. Los entes encargados de investigar se encuentran colapsados. Lo trascendental en los noticieros y demás medios de comunicación da paso a lo vano, lo fútil, lo inocuo, lo que gusta, o lo que produce algún resultado en términos de rentabilidad.
Una prueba evidente de nuestro atraso institucional es la falta de cifras y datos. ¿Sabe el país cuánto ha perdido en términos de tiempo o dinero por culpa de la corrupción, el deficiente sistema educativo, la falta de infraestructura, o la pobreza en los últimos 50 o 100 años? ¿Qué presente o qué futuro tendría Colombia si la hubiera gobernado gente de mejor calidad política, con verdaderos valores morales y una gran fortaleza intelectual? Jamás lo sabremos. Vivimos en una nebulosa que no se desvanece y los políticos se encargan de que continúe.
El Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) es considerada la oficina de bolsillo de un gobierno que genera información a escala industrial, pero con datos amañados, imprecisos y de muy difícil contrastación. No hay posibilidad de rebatir estas cifras, porque quienes las generan trabajan para el establecimiento. “Redujimos el desempleo en un 2,5% en el último año; o “la pobreza cedió en un 4,5% en el último semestre” apura a decir el mandatario de turno ante algún medio de comunicación previamente “alineado” y sometido a las mieles de la corrupción. ¿La respuesta? Nadie cree. Y claro, ¿cómo pueden construirse datos fiables en un país donde aun hoy en día se citan a rendir indagatoria personas implicadas en crímenes cometidos hace más de 30 años? El país pierde su memoria al volver sobre ella permanentemente. La impunidad y falta de rigor en las investigaciones hacen de su memoria una memoria móvil, líquida, voluble y circunstancial, porque jamás quedan resueltos los episodios que la nutren.
No hay comunicación entre el ciudadano del común y quienes lideran el país; la desconexión y el abandono es total, lo cual muestra el desinterés y la desidia por la sociedad que lo elige. Esto hace que nuestra sociedad hoy más que nunca está secuestrada, y sumida en un caos institucional gracias a una clase muy extendida de políticos que cree que ignorando los problemas y ocupándose de lo trivial, irán desapareciendo por arte de magia. Aunque pocos saben que hemos elegido líderes mediocres y marrulleros, aun no comprenden en profundidad la equivocación con que el gobierno lleva a cabo procesos y políticas erráticas e incoherentes sin importar el costo económico y social. Muchos no logran creer que las personas que detentan el poder en Colombia, sólo quieren fama y fortuna; es poco lo que les importa el país, y no les conmueve la conciencia al robar, abusar del poder o atropellar al ciudadano que lo eligió.
Los tontos hacen el juego a los políticos. Son ellos los que aprovechan la ignorancia y falta de razón de sus electores. Elegir políticos corruptos por una cerveza y un plato de lechona, hace que sean los mismos votantes quienes se condenen y sufran las consecuencias del cáncer de la corrupción. En política hay que perder la virginidad a muy temprana edad y comprender el mensaje detrás del lenguaje; la verdad detrás de cada hecho, y la esencia oculta en cada propósito. Detesto tener la razón, pero creo que a Colombia le ocurrirá lo que a Venezuela si no tomamos conciencia de la calidad de nuestros gobernantes, la importancia de nuestro voto, y la infantil inocencia con que pensamos los asuntos políticos.


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