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Tragedias de la existencia humana

  • 5 oct 2015
  • 12 Min. de lectura

Sonó el arpa del despertador como una cantilena celestial. Eran las cinco de la mañana de un miércoles lluvioso de octubre, y el cielo plomizo se cernía sobre la antes fría Bogotá, pero que el cambio climático y el desastre ecológico de las potencias mundiales ha alterado casi irremisiblemente. Levantó el iPad de la mesita de noche donde se encuentra además de una pequeña estatuilla de la Virgen que quedó como recuerdo de la celebración de primera comunión de uno de los hijos, el marco desvencijado de una foto su esposa que fue tomada hace años cuando la realidad de la vida era lo evidente y palpable, las ilusiones eran el combustible que movía todo alrededor de la familia para procurarse los medios necesarios de subsistencia, y la vida toda se tornaba como una batalla irracional que había que ganar a cualquier costo. Verificó la hora en el aparato una vez ingresó la clave de acceso, y aunque sabe que la tecnología de estos días nunca falla, constata tozudamente la hora de la misma manera que un creyente constata la existencia de Dios al evocarlo en los momentos de la vida donde creemos no encontrar salvación, y el poder de la razón no ofrece soluciones a los problemas más angustiosos de la existencia humana. Debía prepararse para asistir a la cita que le había otorgado la mujer que el día anterior le había llamado.

Ese día en un llamado muy corto y en tono casi desesperado, la asistente suministró muy poca información. En escasos treinta y cinco segundos le dio a entender que los demás detalles debían ser tratados por la persona con quien tomara contacto. La cita era con el director; le dio la dirección del lugar y la hora en que debía ocurrir el encuentro en un claro y sencillo mensaje:

-Señor Rafael Cubides?, hemos recibido su hoja de vida por Internet, para aplicar al cargo de vendedor.

-Si señora, contestó con el mismo tono angustiado, esperanzado en obtener el puesto.

-Lo esperan mañana con la hoja de vida en traje de corbata a las ocho de la mañana; anunciarse con el Señor Zapata quien lo espera. No olvide presentarse en traje de corbata.

-Gracias allí estaré, rezongó sin el menor asomo de razón. Podría por favor repetirme la dire….. la persona al otro lado de la línea había enmudecido. Comprendió entonces que las angustias de la modernidad también tienen que ver con lo afanes de la productividad, y que el mayor esfuerzo debía hacerlo él al comprender que era un candidato más de la empresa y que aun con muy poca información, podría volver a construir un gran sueño, el sueño de la subsistencia, de la medianía, de la parálisis y la inacción permanentes. La felicidad de concebir un proyecto para pasar del infra suelo al subsuelo, y ser dominado por la sociedad insaciable con sus falsos ofrecimientos, y tentaciones espurias, inicuas, y agradecer al Dios de los milagros, y a la virgencita entronizada en la mesa de noche, el saber que la empresa en su infinita bondad le haya conferido la sublime oportunidad de laborar en ella y poder vivir así en estado letárgico y semi consciente por algún tiempo.

Agradecido se dio la bendición, y fue a contarle jubiloso a la mujer que había recibido la tan anhelada llamada para sacarla del profundo trance en el que se encontraba. Hacía catorce meses que Rafael se encontraba cesante debido a la insensatez del mercado quien le propinó un duro golpe a la compañía anterior, obligando al gerente a reestructurar el negocio de la manera más sencilla: despidiendo mano de obra. La noticia de la llamada le cayó bien a ella, pero en medio de la alegría y el júbilo de haber sido un “elegido divino”, fue inmediatamente presa de otro demonio: el pánico, el pavor y la angustia de saber que nada había cambiado para que este lamentable hecho se repitiera. La situación era la misma y la probabilidad de que ocurriera una debacle como la de catorce meses atrás, rondaba en la mente de la pareja. Sus cabezas se llenaron de angustiosos interrogantes: ¿qué sueldo recibiría?, ¿en qué condiciones de trabajo se llevaría a cabo la tarea?, cuál sería el horario laborar y las demás condiciones? Habrá que esperar a la entrevista que ese día, a las ocho se llevaría a cabo.

***

Se levantó, se duchó, y buscó las prendas de vestir más apropiadas para esa gran efeméride. De entre una veintena de corbatas, seleccionó la amarilla de puntos azules que le había regalado su madre hacía 20 años y que se había puesto para su matrimonio. Seleccionó su mejor traje, uno gris oscuro de paño, y la camisa del blanco más intenso para que la combinación fura perfecta. No reparó en detalles: el cuello, los puños y en general toda la prenda lucía decorosamente; y aunque el traje tenía más de 15 años, estaba en óptimas condiciones para cumplir con el sagrado propósito, el engaño. Comprendía que como en los mejores teatros del mundo, éste, el empresarial, era un calco grotesco donde la pinta y la buena vestimenta hacen parte del inventario de objetos de manipulación de la voluntad del entrevistador, y hacerle creer que un vestido es él mismo, y por tanto debe ser asociado a su éxito; si vistes bien, eres exitoso. Y aunque no creía en el ámbar, el alga marina, el coral, la pata de conejo, el pelo de elefante, ni los hechizos rezos y embrujos fabricados en los sórdido barrios del centro de la ciudad; como no poseía la cruz magnética del gran poder, ni la cruz de Caravaca, Rafael como hijo de buen vecino, había asimilado todas las tonterías de la mal llamada cultura; y entre ellas la irrefrenable necesidad de asir su angustia a cualquier cosa material o espiritual para depositar en ella la última esencia, la última esperanza, o la última interpretación de lo que la insondable y misteriosa razón humana no era capaz de resolver; las corbatas lo tranquilizaban y llenaban de positivismo los días en que laboraba en alguna empresa. Se vistió de manera impecable, y calzó sus zapatos recién lustrados.

- Quieres café preguntó ella una vez se sentaron en el comedor.

- Gracias -replicó él-, un tinto me vendrá mejor; necesito estar lúcido para lo que se me viene hoy a las ocho. Se refería a la entrevista con el director a quien desde ya veía como el ser a quien hay que someter con el poder de la razón. Durante la entrevista, se dará un choque de dos inteligencias sometidas al juego absurdo de la razón: dos personas con audacia y tino tratarán en tiempo récord de mentir sutil y eficazmente al otro; sí, el entrevistador tratará de mostrar la empresa como el mejor lugar para trabajar, y el entrevistado a su vez dejará ver sus mejores cualidades, logros y formación para lograr su desesperado objetivo. El empleo. Será una lucha desigual pero interesante, porque en medio de la locura del capitalismo, se impondrá la razón subjetiva que busque el máximo beneficio, y se exhibirán poderosas herramientas de influencia que actuarán sobre una mente débil, buscando someterla a la voluntad del otro.

- En qué piensas, preguntó ella con cara de desconcierto

- En lo que me preguntarán en la entrevista. Necesito emplearme, y de lo que le diga al director depende mi puesto. Debo pensar en la manera de impresionarlo –sentenciaba- hacer creer que soy indispensable, y convencerlo de que si me contrata en su equipo, podré contribuir con sus logros. Sin embargo, y gracias a los más de 10 años de experiencia sabía que ni él, ni el director eran indispensables en el ámbito empresarial. Intuía que él como todos los demás son engranajes de una maquinaria omnipotente que siempre puede tomar la determinación caprichosa de ser reemplazado, y que por más esfuerzo que haga, estaría supeditado al embeleco de alguien que sin más, podría despedirlo en cuestión de segundos, ignorando la tragedia que podría ocasionar en una familia. Ya nadie es indispensable en esta vida -murmuró a la mujer en una especie de trance-, ni en la familia, ni en la empresa, ni en la sociedad. Lo único verdaderamente necesario para tener algún valor es el dinero; ese miserable papelito que nos arregla o nos hace mierda la vida, concluyó sin notar que su mujer lo escuchaba con la mirada perdida. Sin dinero no somos; es más, sin dinero ni siquiera contamos como individuos en esta sociedad adormecida y carente de toda consideración humana. Trabajamos toda una vida por ser alguien, y al final si es que poseemos algunos objetos inútiles, nos vemos como seres vacíos de todo principio y valor. Nos educan para pertenecer doblegadamente a una sociedad de consumo que nos inocula “la gran mentira”, que nos repite hasta la esquizofrenia que no somos si no poseemos; que no valemos si no accedemos a sus productos, y que si nos convertimos en seres competitivos podremos acceder a cosas y servicios que satisfacen falsas necesidades creadas por imperios poderosos de la industria, los medios de comunicación y el mercadeo. Nos convertimos en seres ciegos de emociones e insolidarios, pero al mismo tiempo nos hacen creer que nuestra recompensa al final de la vida y después de habernos negado como parte de un todo social, será poseer los objetos más inútiles que creemos nos harán la vida más cómoda, y más valiosa. Todo esto es un asco mujer, ladró Rafael con hastío al recordar que tendría que ir ese día a las ocho de la mañana a mendigar un sueldo miserable y contribuir así al juego perverso de la sociedad consumista que lo fagocita todo, pero que en todo caso calma la angustia y la parálisis de la pobreza y la depresión de su abnegada esposa.

-Apúrate que vas a llegar tarde, dijo la mujer con impaciencia.

-Me lavo los dientes y salgo.

-No olvides que te amo, dijo ella.

-Yo también, dijo él. Te contaré cualquier novedad.

Se arregló el saco y se anudó la corbata; miró el cielo cargado de agua en nubarrones grises en medio de una ventisca parecida a los torrenciales aguaceros del trópico, y frunció el ceño. Salió de la casa con rumbo al paradero de bus que lo llevaría al lugar de reunión. Estaba esperanzado en ser uno de los pocos convocados a la entrevista, y hacía cuentas y cálculos sobre datos de su vida, experiencias pasadas u otra información que seguramente cotejaría el entrevistador durante el encuentro aquella mañana. Caminó con paso firme a la vía donde pasaba la ruta de bus, miró el reloj una vez llegó al paradero y constató la hora: eran las seis y cuarto. -Tengo tiempo- dijo para sí-. Se sentó a esperar y a componer y recomponer su discurso en la mente para no dejar al azar ningún detalle que dejara ver incoherencia u olvido. En estos tiempos hay que ser un “super man”, afirmó; debo saberlo todo; decirlo todo, recordarlo todo; manejar toda clase de datos e información y soltarlos en cuestión de segundos. Así es como un gerente debe manejar la información hoy día; mostrar arrojo y seguridad con los datos así estos no sean confiables ni verificables; el vértigo empresarial prefiere la rapidez a la precisión, y si olvido algo, tendré que echar mano de cualquier otro dato que sea convincente, o aparentemente fiable. Eso es ser competitivo, aseguró.

***

-Buenas, dijo tímidamente; vengo a entrevista con el Señor Zapata, dijo con tono alegre. Miró el reloj, eran las siete y cuarenta y dos minutos de una mañana ya no convertida en plomiza sino en invernal, en uno de esos inviernos tropicales que hacen de las suyas en agua, y en movilidad. El bus del 402 del SITP había pasado con sobrecupo, y el viaje se había convertido en una agonía para cualquiera que sepa que llegar un minuto tarde en una entrevista es como llegar tarde a la entrega de una licitación en una entidad pública, un parcial o un examen final de universidad.

-Pase y siéntese por favor, el Señor Zapata lo atenderá en unos minutos, dijo la recepcionista que con aire sombrío hace un gesto de pocos amigos. El teléfono trepidaba y la sala de espera estaba atestada de gente. Alrededor de veinte personas ocupaban el lugar. Había gente de toda condición. La sala hervía en gente, y la temperatura era insoportable. El vaho se acumulaba en las ventanas y el olor a ropa mojada que expelía en algunos de los visitantes hacía del reciento un verdadero calero del diablo. El pánico se apoderó del Señor Cubides al ver a cada uno de los visitantes el más terrible enemigo; era una amenaza latente, un demonio que atentaría contra la profunda contradicción de emplearse por un sueldo miserable. Sabía que se enfrentaba a una más de las paradojas de la lógica circular: mientras más trabajes, menos tendrás; y al tiro de la moneda con cara gana el empresario, y con sello pierdo yo, pensó

Comenzó a mirar a cada uno de sus supuestos rivales con mirada escrutadora. Miraba de arriba abajo como cuando un fiscal se apodera del acusado para reducirlo a su más mínima expresión, y hacer de él casi un infeliz, un miserable sometido por un sistema de justicia ávido de reos, culpables y acusados. Veía con extraordinario cuidado cada rostro, cada traje, sus peinados, su atuendo, su manera de sentar, la expresión de sus ojos, el cuidado de las uñas, en fin, buscaba con voraz apetito cualquier dato susceptible de ser convertido en un concepto, una decisión, una afirmación, un paradigma, cualquier cosa. Contó con exagerada precisión cuántos de ellos eran hombres y mujeres, si tenían trajes elegantes o por el contrario eran de vestir informal. A lo mejor son candidatos a otros puestos, concluyó. Llevaba cifras de toda clase a su mente para tratar de descifrar el futuro perturbador que le esperaba al Señor Cubides en su entrevista. Lo exasperaba saber que no resistía ambigüedades ni imprecisiones en un mundo donde la razón manda, y el dato, la evidencia y la prueba, son los únicos que se dan el lujo de modificar cualquier argumento y convertirlo en un precepto injusto, cruel o despiadado. En un mundo donde el dato y la cifra mandan, no hay posibilidad ninguna de amañar lo humano a lo meramente aritmético. Estamos -pensó-, enloquecidos por el rigor racional de los números, y atrapados por la crueldad de la aritmética.

***

-Señor Cubillos? Escuchó Rafael en medio de la sordidez de sus elucubraciones.

-Sí? Replicó él; lo espera el Señor Zapata. Oficina del fondo última puerta a la derecha, apuntó la recepcionista esta vez con mejor tono.

-Gracias. Se levantó de la silla, y se dirigió a la oficina según las indicaciones recibidas.

-Señor Zapata? Preguntó tímidamente…

-¿Rafael Martínez, perdón -dijo con tono de vergüenza- Cubillos? Acertó a decir el director con quien debía enfrentar la más limpia, escrupulosa y quirúrgica de las estrategias de dominación: la entrevista de trabajo.

***

-Por favor tome asiento, y gracias por venir, dijo el director extendiendo su mano y haciendo un gesto de recibir el ejemplar de currículo que llevaba Rafael.

-A qué cargo aplicó? Preguntó el director con sorna.

-Ventas, respondió él con desconfianza -hay entonces otros cargos para los cuales fueron convocados todas esas personas que aguardan en la sala de entrada- ya decía yo…

-Veamos su hoja de vida, dijo el director mientras miraba el documento con mirada inquisidora. Aquí dice que tiene experiencia en ventas. Dónde ha trabajado?

-Verá usted, apuró a responder con exceso de confianza; he trabajado en diversas empresas de servicios y he conformado en algunas de ellas, sendos equipos de trabajo. Lo invadió el miedo: estaré respondiendo lo que ha preguntado?, será conveniente esta respuesta ante tal expectativa? Temía desenfocarse, porque perder el foco en tiempos de productividad es uno de los pecados que más caro se pagan. Las verdades tautológicas del mercado y la competitividad destruyen todo intento por distraer cualquier factor productivo. He entrenado equipos de vendedores que han cumplido decorosamente su papel en el área de ventas; sí, continuó Rafael, para lograr ser competitivos en el mercado actual se hace necesario desarrollar estrategias competitivas que generen un valor diferenciador. Miró fijamente a los ojos del entrevistador.

-A qué se refiere, señor…….cub…..Cubides? espetó el director sintiéndose ignorante en el tema. Rafael sintió un pánico que lo dejó paralizado. El más mínimo asomo que haga caer en cuenta al entrevistador que le falta entrenamiento para afrontar las complejidades del mercado, y estará muerto. Quien conduce el teatrino de la entrevista laboral, jamás admitirá su ignorancia, y probablemente se escudará en su condición de empleado, y recordará que es él quien le “otorga la gracia” de haberlo escogido como candidato. Una persona con conocimientos superiores, se sale de la raya y será una fatalidad, lo hará sentirse amenazado y probablemente dejará caer la guillotina para descabezar un enemigo en potencia que mañana le quite el puesto por sus conocimientos.

-Mire usted señor Zapata -asintió con tono descomplicado como queriendo restar importancia al asunto- durante estos más de diez años de experiencia he logrado conformar equipos de ventas muy exitosos.

-¿Sabe usted vender zapatos señor Cubides?, ¿Ha caminado por la calle vendiendo algún producto? Aquí dice que se ha desempeñado mayormente en ventas consultivas, preguntó solícito el director.

-He visitado personalmente las zonas donde se venden los productos, diseñado estrategias que impulsan la venta en diversas zonas de la ciudad, y he mantenido la fuerza de ventas estable, motivada y activa. Eso permite a la compañía obtener beneficios importantes.

Silencio total.

El director cierra la hoja de vida, la pone encima del escritorio y se acomoda para decir algo que parece ser importante. Hacía un bonito día después de la pertinaz lluvia que había inundado la ciudad, y la gente salía de sus refugios para comenzar las labores matutinas; Rafael miró el reloj que se encontraba en la pared de atrás. Eran las ocho y veintitrés minutos. Se está haciendo tarde, y aún no conoce nada de mí; pensó.

Señor Cubides, dijo el director aclarando la voz: nuestra empresa es una multinacional muy exitosa en toda la región, y le ofrece los mejores incentivos para que usted se sienta cómodo con nosotros. Las condiciones económicas que podemos ofrecerle son sueldo mínimo mensual más comisiones del dos por ciento sobre ventas; el horario de trabajo es de ocho a seis de lunes a viernes, y los sábados de ocho a una de la tarde; debe además manejar un equipo de ventas de 12 personas que debe reclutar, entrenar y dirigir, y adicional a eso, mantener el nivel de ventas mensuales que la compañía tiene previstas. ¿Le interesa el empleo?

Rafael escuchó sereno la indignante propuesta. ¿Acaso saben los empresarios que con ese sueldo se puede vivir dignamente?, ¿Es esto libre mercado o capitalismo salvaje?, ¿Contribuye en algo que empresas como esta al desarrollo social?, ¿es posible algún tipo de justicia económica y social? Después de reflexionar por unos segundos, Rafael sonrió, y con tono amable dijo: acepto.

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