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Retrato de un colombiano

  • 29 sept 2015
  • 5 Min. de lectura

Dos son los aspectos más apesadumbrados y difíciles de llevar cuando la vejez se apodera de nosotros si tenemos conciencia de ello: la cercanía a la muerte en su elegíaco e insoportable “tic-tac” susurrando al oído, y la comprensión de la realidad; su escrutinio último y final, y por ende, el descubrimiento de lo furtivo que se cierne tras lo evidente y palpable a nuestros engañosos sentidos y nuestra mente manipulable, cómoda y mendaz de todo cuanto nos rodea.

La niñez se asemeja a un queso roquefort atestado de huecos y vacíos acomodaticios a merced de juicios subjetivos y particularmente desposeídos de razón, que permiten recomponerse y configurarse cual infinito rompecabezas cocinado en el caldero de nuestras pasiones. No fuimos testigos de una única niñez, sino más bien actores en caleidoscópicos teatros y escenas de todos los matices y colores. Nuestra niñez siempre será lejana, porque tenemos conciencia de ella cuando dejamos de ser niños, cuando abandonamos su inocencia, cuando dejamos de ser hojas a merced del viento.

Este trasiego solitario y la acumulación de experiencias con el tiempo constituye la llamada inteligencia colectiva, que al decir de Pierre Levy es una inteligencia repartida en todas partes que conduce a una movilización de competencias, cuyo fundamento es el reconocimiento y enriquecimiento mutuo de las personas. Con el tiempo nos vamos convirtiendo inexorablemente en parte de un todo social sumergidos en una “cultura” que nos define y enmarca en principios y valores aceptados y reconocidos por el cúmulo social.

Nacer, crecer y vivir en un país como el nuestro, entraña un reto interesante en términos de esfuerzo intelectual para comprender quiénes somos y qué papel jugamos en todo el entramado ya no como individuos, sino más bien como sujetos sociales que hace parte de un todo que nos responsabiliza por nuestros actos íntimos en relación a la colectividad. Definir, comprender y encontrar una lógica mínima al entorno requiere además de sindéresis, tener el coraje de enfrentar la angustia de descubrir la irracionalidad en mi caso del Estado en el manejo de sus más respetables instituciones. Este choque brutal con la realidad nos lanza al abismo de la razón estremecedora que nos hace ver la estulticia de la clase política. Se genera por tanto una crisis; y toda crisis es un incremento de incertidumbres. La predictibilidad del vector tiempo disminuye; los desórdenes se vuelven amenazadores, los antagonismos inhiben las complementariedades, los conflictos virtuales se actualizan; las regulaciones sociales fallan o se desarticulan, y se llega finalmente a un estado de pánico donde la atrofia intelectual, la parálisis y la abstención de todo juicio y razón se apoderan de todos. Es en ese momento cuando añoramos la niñez inocente y cándida, el retorno a nuestro inocente pasado.

Somos conquistadores de nuestra propia realidad y nos proyectamos a una existencia auténtica con elementos de juicio adquiridos por la tozudez de los hechos, el análisis fáctico de los fenómenos sociales, o la reflexión de los acontecimientos que diariamente inundan el poder mediático que trata de inocularnos una “opinión” falsa e impostada que conviene a los intereses del Estado y a algunos particulares.

La corruptela rampante en todos los estamentos de gobierno; en empresas públicas y privadas, refleja una lógica irracional; un códice de leyes ampliamente aceptado por la inteligencia colectiva colombiana. Son la trampa, la viveza, el zarpazo depredador, la coima, el chanchullo o el famoso torcido, calificativos instalados en nuestra escala moral de valores y tatuados en nuestros cerebros con consecuencias nefastas como las descritas anteriormente: parálisis y desesperanza total. Nuestra inteligencia colectiva muestra la perversidad del ingenio humano al servicio del crimen, la estafa y el engaño. Y esto nos conduce a una situación peor: la desconfianza y el escepticismo por el que pasa toda la nación. No hay dos colombianos que crean que mañana es miércoles, como tampoco hay dos colombianos que crean en el proceso de paz con las FARC. La engañifa y la mentira se apoderan de nuestras mentes de manera similar a la tenacidad de los enloquecedores mensajes creados por hábiles estrategas de mercadeo en los medios masivos de comunicación. Nuestro país se convierte en un hervidero caótico de problemas sociales que impide su desarrollo, y ello contribuye a la construcción del colombiano medio.

El colombiano medio es aquel de banderita en las manos vitoreando a nuestro equipo nacional, pero que al más mínimo descuido, comete la infracción, el ilícito, o asesta su golpe, sin importar lo demás; el colombiano es un ciudadano colectivo que vive en las mas infinita negación de sí mismo, de los demás y de su país; un hombre que no comprende su papel social como parte de un todo, y desconoce que todo lo que haga o deje de hacer, afectará de manera directa o indirecta a los demás; un ser ahistórico, insolidario y lleno de rabia. Un colombiano se amarra una granada al pecho al momento de negociar, porque sus argumentos son excluyentes, totalizantes y definitivos. Prefiere morir que perder, y odia toda posibilidad propia o ajena de progreso. El colombiano se pasa el semáforo en rojo, pero pita a quien lo hace; ignora por completo que su conducta afecta la de los demás, y da rienda suelta al comportamiento primitivo e irracional a la más leve estimulación de sus emociones fatídicas y violentas; el colombiano no se aprovecha, él sólo hace lo que cualquiera haría y lo hace antes que los demás para demostrarse y demostrar a los demás su “inteligencia”, un colombiano necesita un policía al lado para que trabaje, viva y se comporte, y siempre está buscando atajos para hacer las cosas sin importar el costo que ello tenga para la sociedad; no ahorra, no construye ni piensa en el futuro; el colombiano cree que es el último hombre y el fin de la historia parodiando a Fukuyama. Su pensamiento es único, pétreo e inamovible; todo argumento que “violente” su manera de pensar es inmediatamente rechazado y criticado con infinita agresividad y violencia. “Hay de aquél que quiera cambiar mis principios”, sentenciará. El colombiano medio es ignorante, pobre de mente y reacio a cualquier idea que lo mueva de sus principios o su zona de confort, el colombiano prefiere pensar mal, que hacer el esfuerzo intelectual de comprender nuevas y mejores maneras de concebir el mundo y la historia. Para el colombiano la ecuación existencia-destino no existe, y no existirá jamás; el colombiano es un olvidado, un abandonado a su suerte, un perdedor irredento, un solapado, y un mama santos que aparenta lo que no es, porque niega su propia identidad como sujeto único y trascendente. Va a misa porque el que peca y reza empata y su contacto con Dios es para sacar partido de esa relación y cobrar esa amistad pidiéndole tal o cual milagrito. El colombiano siempre tiene una excusa para adormecerse en celebraciones y narcotizarse con sustancias que lo alejen de la realidad, porque mientras más lejano a la realidad se encuentre, mayor será la identidad que tiene de sí mismo; el colombiano es un ser Garciamarquiano, irreal, un hombre ausente y en permanente contacto con la ficción de una vida que será, qué llegará o qué aparecerá con la ayuda de Dios, de los santos, o de las loterías; al colombiano medio le pesa, le duele, le fastidia, le resiente, le mortifica, en una palabra, al colombiano le urge la muerte para salir del juego siniestro llamado vida.

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© 2014 Roberto Echeverri Uribe

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