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Las dos mitades de la historia

  • 6 nov 2014
  • 3 Min. de lectura

Cuando una persona decide escribir, inmediatamente, y por arte de magia, se convierte en dos seres diferentes, pero con una única esencia: un ser de carne y hueso que lleva una vida cotidiana, humana y ajustada a las leyes de Dios; de la naturaleza; de la política; del mercado; que se somete inexorablemente a las leyes físicas biológicas y del tiempo -porque también ese ser que ocupa tiempo y espacio- que nace, vive, sueña, comete errores y desaciertos, lo convierten en un ser humano real, o irreal porque hay seres humanos en este mundo que podrían calificarse de irreales, utópicos, fantásticos o bien por su magnificencia o por su crueldad; ese ser digo, portador de pensamientos y reflexiones, al momento de plasmarlos en el papel, se convierte en ser humano atemporal trascendente y etéreo, cuando antepone sus teorías planteamientos y subjetivas “verdades” a su propia realidad existencial. El ser humano es uno, el escritor es otro, y a veces la historia personal puede ser más trágica que su legado histórico.

La historia cuenta verdades y mentiras, y solo una investigación juiciosa, profunda y constante de un hecho, nos permitirá tener el contexto y obtener la visión necesaria para la formación de un criterio holístico de aquello que ocurrió. Nos sometemos inexorablemente al principio etcétera. Este principio hace referencia a la capacidad que tenemos para tolerar cierto grado de incertidumbre en la comunicación, y que confiando en que pronto se aclarará todo, el cerebro hace un trabajo interpretativo, proveyendo información necesaria que en el momento no se encuentra disponible en un diálogo; una pieza informativa, o el análisis de una situación. A medida que el diálogo fluye o la investigación avanza, diversos elementos de conocimiento se van sumando al todo informacional. La construcción de una verdad implica además de un trabajo intelectual importante, el sano hábito de derribar paradigmas y constructos de nuestro imaginario sembrados y sometidos al más delicado cuidado durante años.

Los personajes que han transformado la historia en uno u otro sentido, permanecen en nuestras mentes como autores o artífices de algo; como propiciadores, orquestadores si se quiere, o como dueños de un acontecimiento, como parte de una ecuación puramente mnemotécnica: Waterloo – Napoleón; novena sinfonía – Beethoven; Ser y tiempo – Heidegger, depresión mundial – años 30, etc. Qué tanto se conoce de la pobreza de Marx; los horrores y padecimientos de Dickens durante su niñez en la Inglaterra victoriana que amanecía a la revolución industrial, de Dostoyevski o de Hitler durante su niñez? Esas historias, las historias trágicas de los seres humanos son las que no se estudian y que contienen los “por qué” y los “como” de sus obras -porque la historia extiende su tapete rojo a la posesión y no al logro- al resultado, pero no al camino que tuvo que recorrer el personaje para llegar a la cima. Cuántas veces hemos oído a tal cual personaje ser premiado con el Nobel, pero que su musa inspiradora fue otra persona, como en el caso de Einstein y su desprecio por su alumna y compañera sentimental Mileva Maric quien le aportó conocimientos fundamentales para la construcción de su teoría de la relatividad, pero que la historia ignora por completo.

En ocasiones hago el esfuerzo para convertir a los héroes en humanos y bajarlos del pedestal de la historia para “bipedizarlos”, ponerlos a caminar, a dormir, a proveerse de alimentos, vivir el día a día; conocer su rutina de trabajo o su entorno y su tiempo; apreciar el producto diario de sus vidas gracias a las leyes apodícticas que mencionaba al principio de este artículo. Teniendo en cuenta que algunas de nuestras sociedades industrializadas corren el riesgo de dejarse llevar por el hedonismo del "capitalismo maduro", y que al decir de Turaine, de ello dependerá su hundimiento, es bueno conocer las actitudes de aquellos personajes y sumergirlos en su propia realidad. Ello nos ayuda a comprender mejor al personaje como mito pero también como tragedia.

El altruismo no existe y los seres humanos influyen el curso de los acontecimientos porque las relaciones humanas se basan en la dominación y el poder, y como dice Samuel Huntington Si los seres humanos han compartido unos pocos valores e instituciones fundamentales a lo largo de la historia, esto puede explicar algunas constantes de la conducta humana, pero no puede iluminar ni explicar la historia, puesto que se basa en los cambios de la conducta humana. Aquí se menciona al escritor, al autor, al dueño del acontecimiento restándole toda importancia al humano como ser, al hombre arrojado a su realidad en la tierra. La obra humana es sólo la mitad de la historia, la vida y sus pequeñeces constituyen la otra mitad


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