Atrevernos a saber
- 21 sept 2014
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Cuando durante nuestra existencia nos cruzamos con otro ser humano que nos inspira paz, tendemos a creer que esa persona no posee conflicto alguno en su ser; que todo en la vida lo tiene resuelto, y que su mente yace en un estado absoluto de reposo, que lo prepara para la partida definitiva. Nada más falso. Paz y tranquilidad en aquél sabio no es consecuencia de la absolución de conflictos que otrora fueron el caldero en ebullición que lo sumergieron en tensión existencial; tampoco es que se ha entregado a un sistema, religión o principio que lo abarca todo que le provee una solución totalizante y totalizadora que le ahorre la angustia de vivir. No, Cuando un ser humano proyecta paz, en esencia ha asumido que la vida misma es un inventario de saberes que lo salvan de muchas cosas, pero a la vez, esos saberes, esa luz de verdad, lo condenan – y lo proyectan en el infinito tiempo y en su también infinito espacio-.
Por que saber además de no ignorar, es aceptar el reto de asumir las consecuencias de poseer una verdad que nos condene a la soledad, nos obligue trasegar por la vida y en ocasiones nos lleve a aceptar las desilusiones que ella a veces nos ofrece.
La expresión latina Sapere aude, significa "atrévete a saber", "atrévete a pensar" o "ten el valor de usar tu propia razón", fue pronunciada por primera vez por el poeta lírico Horacio en el siglo I a.C. El hombre sabio que proyecta paz, probablemente ha aceptado el reto de atreverse a pensar, aún sabiendo que las consecuencias de ello sean costosas como por ejemplo salir de la zona de confort como se diría en términos modernos. Todos en el fondo pensamos que nuestra naturaleza es ser lo que ya somos, sin embargo plantear la posibilidad de introducir nuevos patrones comportamentales cognitivos o emocionales, se encuentra ligada a abrir la puerta a nuevas experiencias, y para que eso pueda darse es indispensable estar dispuesto a correr ciertos riesgos que no hayamos corrido hasta ahora. Este estado de indefensión ante una verdad que se nos revelará, será probablemente el que hombre no desea llegar. Miles de paradigmas y barreras son las que nos ha impuesto la sociedad moderna. Uno de nuestros más básicos instintos, cual es el de correr riesgos, ha sido inhibido por una sociedad que nos agobia y nos “protege”; y a cambio nos ofrece miles de objetos inútiles que nos arrullan y distraen de lo esencial, que nos hace olvidar que estamos vivos, que existimos, y que esa existencia tiene sentido en la medida en que nos genere angustia, nos exponga a los peligros propios de nuestro tiempo como arriesgar una relación humana perdible, nos obligue a exigirnos al máximo para ser mejores personas, más útiles a nuestra sociedad, preparar un mundo mejor a las generaciones venideras, o a ser más comprometidos con el medio ambiente.
El hombre que ha llegado a un estado de sabiduría, que comprende aquellas cosas que no tienen solución, o que la solución en algunas de ellas está en tratar de no comprenderlas -pero sí en aceptarlas como parte de su realidad- libra una batalla interior que le permite mostrar un estado de equilibrio emocional. Su secreto está no en en huir de esa batalla interior; ni en negar la batalla misma, sino más bien en comprenderla, aceptarla, asimilarla, y hacerla parte de la naturaleza humana.
Rainer María Rilke decía: "Quien quiera que seas, una noche da un paso y sal de tu casa que conoces tan bien. Afuera yace el espacio enorme. Esa es tu verdadera casa". A veces vernos a nosotros mismos desde la acera de enfrente, desarrolla la habilidad de auto crítica, nos pone en un plano de conciencia más real y angustiosa, pero también más interesante y con más sentido.


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