Caudillismo y sociedad de siglo XXI
- 14 sept 2014
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Siempre me he resistido a escribir sobre los acontecimientos políticos, y la razón para no hacerlo, obedece principalmente a que tiempo y experiencia, me han convertido en un maniático, obstinado y recalcitrante escéptico de casi todos los fenómenos sociales donde la política está presente, en especial aquellos donde la interacción entre electores y gobernados, terminan casi siempre en engaño, frustración e impotencia.
El fenómeno ha sido interesante porque mi formación en ciencias administrativas, me llevó siempre por la senda de un romanticismo casi inocente al creer que de alguna manera el ser social; el "hombre" como protagonista de lo "humanitas" guardaba en cada paso de su trasegar histórico, la viva esperanza de hacer algo "en función de otro"; es decir, concibiéndose a sí mismo en cada proyecto iniciado, parte de un delgado hilo que teje la red social. Repetía a pie juntillas el credo de que los equipos humanos trabajan en pro de objetivos comunes y que la alegría del deber cumplido, pone su trabajo en beneficio de un bien común. En definitiva -creía yo- un hombre funcionaba en virtud de lo que otros hombres a su alrededor eran, creando inteligencia colectiva que en palabras de Pierre Levy, es una inteligencia repartida en todas partes, valorizada constantemente, coordinada en tiempo real, que conduce a una movilización efectiva de las competencias, y cuyo fundamento es el reconocimiento y enriquecimiento mutuo de las personas.
Todo esto se va desvaneciendo como la bruma cuando el sol sale y lo calienta todo: al amanecer la niebla se disipa, y la luz comienza a develar los objetos y mostrar los colores y las texturas más prístinas. La experiencia transforma todos los aspectos prácticos de la vida, y nos dicta nuevas leyes de pensamiento, nuevas perspectivas; nuevas y distintas variables a considerar, reconfigurándolo todo como un maravilloso caleidoscopio en movimiento.
Y eso fue lo que ocurrió. Vi con el tiempo que el juego político ha sido históricamente un perverso ajedrez de poder y corrupción. Los gobernantes van afanosamente detrás del dinero público y urden para ello toda clase de argucias para lograrlo. El político contemporáneo es hoy por hoy, epítome de miseria y devastación para cualquier país que aspire a la democracia como instrumento de gobierno, haciendo de la práctica clientelista, uno de sus instrumentos más lesivos a la sociedad en su conjunto.
Sin embargo, y por más que quiera, no puedo sustraerme del quehacer político de mi país, porque aunque lo niegue; lo rechace, lo oculte o lo ignore, todos somos corresponsables de lo que ocurre en Colombia. La política es como los valores o los paradigmas; están presentes pero camuflados en cada uno de nosotros y se hacen evidentes en cada interacción, en cada decisión tomada, o en cada actividad que desarrolle el ser humano.
Uno de esos políticos con los que coincidí en tiempo y lugar, y quien fuera protagonista de los más grotescos y escandalosos casos de corrupción y abuso de poder, es el hoy senador por el partido Centro Democrático Álvaro Uribe Vélez, otrora dos veces candidato a la primera magistratura de Colombia, y con un prontuario criminal pocas veces visto en tiempos recientes en nuestro país. Este Personaje siniestro y mentiroso, llama poderosamente mi atención, no por su modus operandi torcido y astuto, sino más bien por lo que significa él dentro del contexto político y social, y del funcionamiento de las instituciones que componen nuestro ordenamiento jurídico.
El senador Uribe goza hoy de una inmunidad que lo hace prácticamente intocable. Este es tal vez uno de los aspectos que más llama la atención, pero no el único. Su condición de "capo", lo hace parecer más un semi dios que un ser humano mortal como cualquiera de nosotros. Su capacidad de liderazgo, agudeza estratégica y la habilidad para el dominio de otros humanos, lo convierte en un verdadero todopoderoso al momento de impartir órdenes, fijar objetivos y trazar líneas de acción política. Todo esto apalancado con una profunda y aparente coherencia ideológica y argumentativa, hace de Uribe un caudillo-tirano al mejor estilo latinoamericano. Su convicción al momento de dirigir; su actitud frentera y combativa, y el discurso de estadista mesiánico, crea en la masa de ciudadanos, un efecto psicológico realmente digno de ser estudiado a profundidad, entre otras cosas porque si bien el hitlerianismo y su variante el nazismo, ha sido suficientemente documentado por sociólogos, historiadores y analistas políticos de toda laya, el uribismo como fenómeno de movilización social también debe ser estudiado a fondo.
Este personaje en su totalidad es una pintoresca mezcla de elementos diversos que modelan el comportamiento humano. Veamos algunos: su condición de víctima de la violencia con la muerte de su padre, lo hace candidato a mártir, condición propicia para movilizar los más hondos sentimientos a una sociedad sumida en la ignorancia y la pobreza. Esta tragedia los identifica, y les ayuda a conectarse emocionalmente con su caudillo.
Otro elemento interesante de Uribe es su capacidad de liderar e influenciar a cuanto funcionario desempeñe cargo público o privado que ofrezca beneficios a su causa oscura. Esta poderosa habilidad personal le ha permitido desplegar los más siniestros tentáculos en todos los estamentos empresariales, políticos y de gobierno. Su capacidad para hacer acuerdos y tratos, se tornan en pactos entre mafias al estilo cosa nostra, que garantiza que cualquier persona a su servicio sea capaz de dar la vida por su jefe; muestra de ello son las decenas de funcionarios hoy prófugos de una justicia débil y maniatada que no opera para diligenciar su captura. Los lacayos de Uribe se comportan como esclavos fieles que prefieren perder la vida a develar la verdad al momento de ser formalmente acusados e investigados. Este poder de dominación e intimidación es digno de ser analizado tanto desde la perspectiva del dominador, como desde la del dominado.
Un aspecto que combina bastante bien con la idiosincracia del pueblo que sigue a Uribe es su particular manera de asumir los problemas: de frente, sin tapujos y valiéndose de datos, cifras y argumentos aparentemente contundentes. Al colombiano medio le gustan las cifras, así algunas de ellas no sean reales, o hayan sido manipuladas a conveniencia. Uribe, como buen alumno de la universidad de Harvard, sabe no sólo cómo conseguir esas cifras, sino también cómo manipularlas, y ponerlas a su servicio. La sociedad en general es acrítica, es decir, casi nunca cuestiona la procedencia de los datos que se le muestran; y mucho menos los entiende cuando esta información hace parte de un contexto histórico o político de complejidad como la realidad colombiana.
Álvaro Uribe se ha convertido en un modelo a seguir para jóvenes y viejos que admiran el éxito a cualquier precio, es un estudioso dedicado; un disciplinado analista político muy agudo y sagaz; un manipulador certero que hace sus movimientos en el juego de poder con toda precisión, aprovechando la cobardía, el desorden y la falta de interés de los votantes por el actual ordenamiento político que tanto debería importarnos para cambiar el estado de cosas actuales. Uribe es en últimas un jugador en medio de una sociedad que lo acoge, y mide su gestión con el rasero del tramposo: un pueblo que se plantea disyuntivas tan absurdas como la que escuché una vez en un taxi: "no importa que el Dr Uribe se robe la plata, mientras nos ofrezca seguridad para trabajar". Esa es la moral del patriota de banderitas y huelgas callejeras que sale a marchar por cualquier cosa o por cualquier motivo, aún sin entender el por qué de las cosas; el que cambia su voto por una ración de lechona y dos cervezas; mismo que vota pensando en sus propios intereses por encima del de los demás y que por egoísta e insolidario termina arrojando sus propios intereses por la borda en un país caótico y desesperanzado.


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