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La nueva sociedad habermasiana

  • 7 jul 2014
  • 3 min de lectura

En tiempos en los que los acontecimientos que nos muestran los “mass media” aparecen sutilmente maquillados por intérpretes mercantilistas de la realidad; donde las discontinuidades históricas y fácticas ocupan un lugar de privilegio en el mundo virtual de espectáculo, hace imperioso un nuevo modelo de análisis de conceptos y prácticas sociales. Vivimos en una sociedad de tal complejidad que los seres humanos son particularmente difíciles de definir. Somos contradictorios, ambiciosos, envidiosos egoístas; en pocas palabras parásitos incontrolables. Desde el punto de vista biológico, pertenecemos a la única especie superviviente de género homo. Vivimos convencidos de ser únicos en la naturaleza. Se trata sin duda de un delirio de grandeza, producto de la ignorancia irremediable de nuestra torpe especie. Somos científicamente nominados como “Sapiens” que significa sabio, es decir que somos capaces de conocer, y es la percepción que tenemos de nosotros mismos, la que nos justifica en nuestras acciones destructivas, y creernos superiores en la fauna y la naturaleza. Nuestra capacidad de realizar operaciones conceptuales y simbólicas muy complejas nos permite construir estructuras sociales también muy complejas para después descomponerlas en intereses que obedecen a nuestros instintos más básicos y primitivos.

Esta nueva dimensión del ser humano y realidad social fragmentaria se está dando de ese proceso de conocimiento que comprende tanto a nivel sociológico como de los procesos urbanos, en el ámbito latinoamericano. Uno de los más notables constructores del nuevo pensamiento es Jürgen Habermas.

Autor de la “Teoría de la Acción Comunicativa”, “El discurso filosófico de la Modernidad”, “Conocimiento e interés” y muchas obras más, es uno de los creadores de la actual “Teoría Crítica de la Sociedad” y otros trabajos, sobre todo de uno de sus máximos representante: Teodoro Adorno. Este coloso intelectual contribuye de manera original y fecunda, al conocimiento de la hipercomplejidad de las sociedades modernas y de los nuevos movimientos emancipatorios y de protesta. Gran parte de su aportación al conocimiento de estas sociedades se debe a que hace un recorrido histórico de las concepciones de la modernidad más influyentes desde Hegel a nuestros días.

Entiendo la modernidad como un proceso social e histórico que propone que cada ciudadano cumpla sus metas según su propia voluntad; que tales metas sistemáticamente den sentido a la vida, y que se antepone la razón a la religión. La modernidad refleja una crisis en las relaciones entre los elementos más profundos del vínculo, necesarios en toda forma de organización social; las relaciones entre hombres y mujeres; entre jóvenes y viejos; corruptos y honestos; las relaciones entre una generación y otra, y en general entre el ser humano y la naturaleza han entrado en una crisis enmarcada en la relación entre el ser humano, el Estado y las instituciones que lo gobiernan. No hay sociedad en el mundo que pueda darse el lujo de no tener en cuenta las diferencias sociales.

Las líneas de pensamiento acerca de la ciudad moderna –o de la modernidad urbana- se han visto transformadas y enriquecidas a tal grado que se puede afirmar que están entrando a un “rebasamiento cognoscitivo” de considerables proporciones, a la luz de lo que algunos –como Edgar Morin y Rolando García- llaman “el pensamiento complejo”.

Un aporte frente al carácter general de la “ciudad moderna” es el reconocimiento de su hipercomplejidad en el conjunto de patologías y ambivalencias. Frente a las teorías funcionalistas-estructuralistas y por otro lado, frente al economicismo que reducen a unos cuantos procesos la realidad de la urbe, la idea habermasiana de “desacoplamiento del sistema dinero-poder con el “mundo de la vida”, y al surgimiento de múltiples formas de control sistémico con la generación de las mencionadas patologías: segregación socioespacial, pobreza urbana, contaminación, vulnerabilidad, etc., se puede comprender tanto la heterogeneidad territorial de la ciudad como expresión espacial de los conflictos urbanos, más allá de la esfera económica.

Esta visión no pierde de vista los procesos económicos, ya que en la concepción de sistema dinero-poder, están implícitos, incluida la tan mencionada acumulación de capital, sino que considera el conjunto de relaciones y conflictos que no sólo tienen lugar en la ciudad, sino que la conforman. Refiriéndose concretamente a la problemática urbana, Habermas, en su monumental “Teoría de la Acción Comunicativa, apunta: “Lo que provoca la protesta es más bien la intensiva destrucción del entorno urbano, los destrozos urbanísticos, la industrialización y la contaminación del paisaje, las secuelas médicas de las condiciones de vida moderna, los efectos secundarios de la industria farmacéutica, etc., es decir, evolucionan de forma notoria y atentan contra las bases orgánicas del mundo de la vida, y que, como contraste, nos hacen drásticamente conscientes de que existen unos criterios de habitabilidad, de que la no satisfacción de las necesidades tiene límites irrebasables.”.

Hoy más que nunca la realidad interpretativa que Habermas nos da, nos acerca a nuevos retos que la modernidad le impone el ser humano para el mejoramiento de la calidad de vida en una sociedad contradictoria, incoherente y confusa.

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