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El ciudadano ético de siglo XXI

  • 16 mar 2014
  • 3 Min. de lectura

Los acontecimientos políticos son una muestra de lo que ocurre en la sociedad, y la calidad de quienes la constituyen. Muy pocas cosas puede el ser humano controlar durante su existencia. Los padres no los elegimos; los hijos tampoco. Si de la familia de la pareja se trata, tampoco podemos hacer mucho: nos casamos con él o ella, pero su familia nos viene a nuestras vidas como por arte de magia. Casarse con su pareja es casarse con toda su familia. Y si en ella hay personas poco deseables, o de dudoso comportamiento, serán parte del inventario de familiares que nos acompañen durante la vigencia de esa relación.

Similar ocurre con el país donde uno nace y vive. Lo que aquí suceda será parte de nuestra historia; y querámoslo o no, somos consecuencia, producto, o efecto de las decisiones que otras personas tomen en el ámbito político, económico o cultural. No podemos sustraernos a una existencia solitaria pasiva o indiferente. Todo tiene relación con todo, máxime en un mundo donde la tan cacareada globalización hace de nuestra existencia, un interjuego delicado y sutil que depende de otros gobiernos, empresas o personas.

Si bien la felicidad ha sido el objetivo vital de muchas generaciones, ésta se ve cada vez más minada y disminuida, gracias a la intrincada red de vínculos y elementos que nos influencian de una u otra manera; si Europa se quiebra, la economía de nuestro país se resentirá, si Estados Unidos orienta su accionar económico hacia otras latitudes, indefectiblemente tendrá consecuencias para las generaciones actuales y próximas. Es decir que nuestra libertad se reduce cada vez más a las libertades de los más poderosos, y nuestra felicidad tendrá que ver con las decisiones que hagan felices a quienes comandan los destinos de los países que ejercen influencia en el nuestro.

La política es un juego perverso del cual no es posible sustraerse: todo en ella nos afecta, y tarde o temprano sufriremos las consecuencias gracias a ese mínimo control que ejercemos sobre las instituciones que nos gobiernan y la vida de quienes rigen los destinos de la nación. Por eso el juego de la política es doblemente perverso: Todos en ella son o han de ser egoístas que luchan por alcanzar sus propios ideales haciéndonos creer que su causa es justa y defendible, pero que a final de cuentas sólo enriquece sus arcas y consiguen fama y fortuna para ellos y sus secuaces. La política no es posible con males como la corrupción, las faltas de solidaridad y la ambición desmedidas; sin embargo quienes en ella están, acceden a los mejores colegios, y se preparan en las más afamadas academias del mundo. Aun no sé por qué quienes ostentan el poder no constituyen una póliza que con su patrimonio garantice la transparencia en el manejo de los dineros públicos.

Los seres humanos son una especie de seres vivos, particularmente difíciles de definir. Son contradictorios, ambiciosos, envidiosos egoístas; en pocas palabras parásitos incontrolables. Desde el punto de vista biológico, pertenecen a la única superviviente de género homo. Son sánduche y viven convencidos de ser únicos en la naturaleza. Se trata de un delirio de grandeza, producto de la ignorancia irremediable. Pertenecen a la especie “Sapiens” que significa sabio, es decir que es capaz de conocer; y es la percepción que tienen de ellos mismos, la que los justifica en sus acciones destructivas, y creerse superiores en la fauna y la naturaleza. Su capacidad de realizar operaciones conceptuales y simbólicas muy complejas le permite construir estructuras sociales también muy complejas para después descomponerlas por intereses que obedezcan a sus instintos primarios, por lo cual nos han hecho caer en una disyuntiva dramática: Estamos atrapados en el discurso efímero y sutil de principios que tradicionalmente nos han inculcado; y que disfrazados de ética, responsabilidad política o valores ciudadanos, nos hacen creer que el valor democrático, en la utilidad del voto, y la responsabilidad que existe con nuestra sociedad como un todo amplio y vital. Por otra parte juzgamos a quienes detentan el poder y vemos con una velocidad pasmosa, que nuestros gobernantes demuestran con su ser, hacer y pensar, que no les importamos.

Hoy más que nunca el hombre social es co-responsable del bienestar de los demás. Esto se debe principal y fundamentalmente a que las relaciones y vínculos modernos son considerablemente más complejos y sus interacciones más profundas y arraigadas. La vinculación social ya no es meramente material sino que compromete todos los órdenes concretos y simbólicos de la cultura moderna, y aunque no controlamos casi nada, la responsabilidad está presente en casi todas las decisiones de nuestras vidas.

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