La Sociedad de la Catástrofe
- 21 feb 2014
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Tal vez lo más asombroso de la existencia humana, es la multiplicidad de hechos que en una y otra dirección de la lógica, se cuelan al intelecto y la razón interpretativa. Hechos que vistos sin mayor prevención aparecen como acontecimientos neutros que enriquecen la misma existencia humana, pero que a la luz de la experiencia y el análisis racional, nos develan verdades que en ocasiones dejan perplejo a cualquier espectador desprevenido. Tal es el caso de la sociedad de consumo. Un juego perverso donde todos somos víctimas de la ambición desmedida de quienes nos han impuesto unas reglas de juego que a la luz de la razón son perversas y autodestructivas de la sociedad como un todo.
Cuando el presidente George W Bush se dirigió a la nación con ocasión de los acontecimientos ocurridos el 11 de septiembre de 2001, ratificó a su pueblo que la mejor manera de minimizar el impacto que había ocasionado este horrendo atentado terrorista a las torres gemelas en la ciudad de Nueva York y ciudades aledañas, era aumentando el consumo. La consigna era por supuesto hacer mover la economía y evitar detener la compra de bienes y servicios cuando un ciudadano entra en pánico. Es necesario ser agente activo de la economía para que todo esté bien, para que todo siga por el cauce que las multinacionales -americanas en especial- han trazado.
Nos desconocemos, nos ignoramos, y hasta nos despreciamos si las actividades del día a día no son convertibles en una transacción monetaria, para cumplir con este sagrado propósito. Las grandes multinacionales, y los medios de comunicación en complicidad con los gobiernos, nos imponen así el juego del consumo. Si no consumimos no estamos incluidos, no pertenecemos a una élite fantasmal exhibicionista y codiciosa, y por tanto desmerecemos la aceptación social.
En consecuencia vivimos en un mundo donde la solidaridad ya no es posible, porque las necesidades humanas son indescriptibles e infinitas en número, intensidad y deseo. La necesidad humana es como un agujero negro que todo lo fagocita; capitaneado por un mercado que nos impulsa a la posesión de artículos que nos idiotizan hasta hacernos perder todo contacto con la realidad. Objetos flamantes atractivos e inútiles, hacen que consumidores atrapados por esa compulsión a la posesión, se sometan a la ignominia de empresarios, que trabajando de sol a sol por un salario de miseria, empeñan su propio futuro, sólo por el placer de adquirirlos, y al final del proceso, sentir como un drogadicto, ese instante de euforia acompañado por la depresión de la fugacidad. En tres semanas el tan anhelado objeto será obsoleto y despreciado.
Nos convirtieron en consumidores irracionales de chécheres, chucherías y cachivaches que nos narcotizan haciéndonos sentir desasosiego en una sociedad en la práctica desconectada pero hiper conectada virtualmente. Tenemos a todos nuestros amigos, vecinos y familiares a un clic de distancia, pero en la práctica son sólo fantasmas presentes en nuestras mentes, porque la angustia del día, nos prohíbe el interjuego humano. La vida nos murmura al oído su “tic tac” permanente que nos impulsa a seguir en las tareas de productividad que son la esencia última de nuestra existencia.
Vivimos la era del chisme; del murmullo; del supuesto; de la farándula, nutridos por la información fútil que nos brinda la tecnología. Consumimos basura comercial, y ahora familiar, suministrada por las redes sociales, información que en todo caso no alienta la amistad, ni la solidaridad o las relaciones humanas porque no le aportan nada a la experiencia humana, ni promueven la solidaridad o el sentido de pertenencia al clan familiar. La canasta familiar se componía hasta hace algunas décadas de alimentos, ropa, y otros bienes que satisfacían las más variadas necesidades y elevaban la calidad de vida; hoy Internet, los teléfonos celulares, aparatos de videojuego, y otros dispositivos electrónicos están por encima de la compra de vivienda o la necesidad de capacitarse para estar de acuerdo con la sociedad del conocimiento.
Habitamos un mundo donde por primera vez los jóvenes saben más que los viejos; un mundo donde una empresa de tan sólo 40 empleados se valora en la Bolsa de Nueva York en cifras equivalentes al Producto Nacional Bruto de muchos países del mundo; un mundo donde ya no es necesario hacer sino más bien desarrollar una idea, para pertenecer a esta rueda loca del consumo irracional, la euforia pasajera y la depresión de la soledad.


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